Acaba de llegarme el libro Il ricordo e l´immagine, vecchi e nuova identitá italiana in Argentina. El libro, compilado por I. Magnani, de la universidad de Cassino, recopila varios artículos de investigadores argentinos e italianos, entre ellos uno de mi autoria sobre hibridaciones lingüísticas en la poesía de Carrera y de Raschella.
"si no hay perturbación, no corresponde que haya deseo de conservarse ni temor de perderse".
viernes, 28 de diciembre de 2007
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Dar la muerte: Valdelomar
Este es el último párrafo de la presentación de La ciudad de los tísicos, de Abraham Valdelomar (Bs. As., Sigamos enamoradas, 2007):
Con todo, la enfermedad y el arte, en este caso la poesía, son para Alphonsin formas del don. Dar la sangre en holocausto, dice Alphonsin. La enfermedad es lo que posibilita, en el caso de Rosell, dar las cartas que son el cuerpo central de este relato de Valdelomar. La lógica de la enfermedad es, en este caso, la lógica no del beneficio y de la mercancía, la lógica del perfume que transforma el cuerpo del otro femenino en otro deseable, sino la lógica del don y de la gratuidad. La lógica que está en la base de una comunidad de amigos, de una comunidad de ausentes o, en el extremo, de una comunidad de muerte. Como el maná en los versos del Tasso, vertidos por el cuerpo que “d´immortal grazia abbonda”, la enfermedad se da en un acto gratuito. Como el amor y como la poesía, como los versos que Alphonsin escribe en un tono que recuerda a las alegorías medievales, en un caso, y a la música triste de Verlaine y de Pascoli en el otro.
Lo que parece desprenderse de La ciudad de los tísicos es que la enfermedad no es carencia de obra, sino forma de afección corporal que pone al sujeto en estado de escritura: la poesía, en el trabajo de construcción esteticista de sí que lleva adelante Alphonsin; las cartas que van registrando el acercarse de la muerte, en el caso de Rosell. Son esas cartas donadas las que registran las muertes de los otros, quizá como una forma de anticipar la propia, la inescribible. Son esos trazos del enfermo lo única que queda, en definitiva, del mundo alucinado y melancólico de Rosell. Ese resto, esas cartas, es lo que llega hasta nosotros de (desde) La ciudad de los tísicos.
Lo que parece desprenderse de La ciudad de los tísicos es que la enfermedad no es carencia de obra, sino forma de afección corporal que pone al sujeto en estado de escritura: la poesía, en el trabajo de construcción esteticista de sí que lleva adelante Alphonsin; las cartas que van registrando el acercarse de la muerte, en el caso de Rosell. Son esas cartas donadas las que registran las muertes de los otros, quizá como una forma de anticipar la propia, la inescribible. Son esos trazos del enfermo lo única que queda, en definitiva, del mundo alucinado y melancólico de Rosell. Ese resto, esas cartas, es lo que llega hasta nosotros de (desde) La ciudad de los tísicos.
D. B.
sábado, 1 de diciembre de 2007
Leer, asucultar, tensionar: Gianfranco Contini (II)

"Mi primera crítica se dio por una auscultación muy atenta a la superficie del texto; sentía sus desniveles, marcaba los desniveles, los marcaba como unas curvas de nivel... Esa era mi intención: señalar las curvas de los niveles de un texto auscultado atentamente y, debo decirlo, con una gran intensidad, con gran tensión, que quizá en este momento ya no tenga. Pero casi todos las autores que he reseñado se han reconocido en ese resultado de tensión."
Ibidem.
domingo, 25 de noviembre de 2007
Enseñar / aprender (Gianfranco Contini)
Y usted ¿prefiere aprender o enseñar? ¿Cómo se fueron integrando en su experiencia estos dos modos de ser?
Ah, no se pueden separar. Se aprende enseñando. Naturalmente, cada uno puede también aprender leyendo por su cuenta, en su fuero íntimo... pero el verdadero aprendizaje se hace enseñando. Por ejemplo, he aprendido la gramática de las lenguas romances porque la he enseñado por años... con alguna evolución, naturalmente.
Diligenza e voluttà. Ludovica Ripa di Meana interroga Gianfranco Contini, Milano, Mondadori, 1989, pag. 146
Ah, no se pueden separar. Se aprende enseñando. Naturalmente, cada uno puede también aprender leyendo por su cuenta, en su fuero íntimo... pero el verdadero aprendizaje se hace enseñando. Por ejemplo, he aprendido la gramática de las lenguas romances porque la he enseñado por años... con alguna evolución, naturalmente.
Diligenza e voluttà. Ludovica Ripa di Meana interroga Gianfranco Contini, Milano, Mondadori, 1989, pag. 146
domingo, 18 de noviembre de 2007
¿Qué era ser de izquierda(s)?

"Todos militaban en la izquierda. Y yo también. Pero ¿qué izquierda era la mía? ¿Unos muchachos bravucones que presumían por los bares con la pistola al cinto? ¿Unos falangistas de la vieja guardia, que criticaban a Franco e incluso le consideraban un traidor, pero que, llegado el momento de la verdad, de una real confrontación, nunca se alinearían en el bando de los estudiantes y de los obreros? ¿Las mujeres de la Sección Femenina, algunas estupendas, la parte sin duda más honesta del "movimiento", que seguían obstinadas en que debía empezarse por la revolución moral y el resto nos sería dado por añadidura? ¿Qué partido de izquierdas iba a estar dispuesto a colaborar con nosotros? (...)".
El texto completo de E. Tusquets en la edición cotidiana de El país.
El texto completo de E. Tusquets en la edición cotidiana de El país.
sábado, 3 de noviembre de 2007
Y nos regíamos por las estrellas del otro polo

Ya salió nuestra nota y traducción de Vespucio. Aquí va un fragmento particularmente jugoso de la carta del intrincado florentino:
"Y el séptimo día volvimos a tierra y hallamos que habían traído con ellos a sus mujeres; y cuando saltamos a tierra, los hombres de la tierra enviaron muchas de sus mujeres a hablar con nosotros, por lo que, viendo que estaban seguros, decidimos enviarle un hombre de los nuestros, que fue un joven que se hacía mucho el gallardo. Y nosotros, para que estén seguros, entramos en los barcos, y él se fue con las mujeres; y no bien llego a ellas, le hicieron un gran círculo alrededor; tocándolo y mirándolo se maravillaban. Y estando en esto, vimos venir una mujer desde el monte que traía consigo un gran palo en su mano, y cuando llego donde estaba nuestro cristiano, se le puso por detrás y, alzando el bastón, le dio un gran golpe que lo dejó muerto en el suelo; y enseguida las otras mujeres lo tomaron por los pies y lo arrastraron hacia el monte, y los hombres saltaron hacia la playa, y con sus arcos empezaron a arrojar flechas; y provocaron tal pavor en nuestra gente, que había aparecido en los bancos de arena que había en la costa, que a causa de las muchas flechas que caían sobre los barcos nadie se afanaba en tomar las armas. También les disparamos cuatro tiros de bombarda, que no acertaron, pero que, a causa del estruendo, provocaron la huida de todos hacia el monte, donde ya estaban las mujeres destrozando al cristiano; y en un gran fuego que habían preparado lo estaban asando a nuestra vista, mostrándonos muchos trozos y comiéndoselos, mientras los hombres hacían señas, y con sus gestos daban a entender que habían matado a los otros dos cristianos y se los habían comido. Lo que nos produjo un gran pesar, viendo con nuestros ojos lo cruelmente que se comportaban con el muerto; para todos nosotros fue una injuria intolerable, y teniendo el propósito más de cuarenta de nosotros de saltar a tierra y vengar tan cruda muerte y acto bestial e inhumano, el capitán mayor no lo quiso consentir. Y así quedaron satisfechos de tamaña injuria y nosotros zarpamos con mala voluntad y con gran vergüenza por causa de nuestra capitán."
El texto completo de la carta de Vespucio, en la última edición de cartas.org.ar
"Y el séptimo día volvimos a tierra y hallamos que habían traído con ellos a sus mujeres; y cuando saltamos a tierra, los hombres de la tierra enviaron muchas de sus mujeres a hablar con nosotros, por lo que, viendo que estaban seguros, decidimos enviarle un hombre de los nuestros, que fue un joven que se hacía mucho el gallardo. Y nosotros, para que estén seguros, entramos en los barcos, y él se fue con las mujeres; y no bien llego a ellas, le hicieron un gran círculo alrededor; tocándolo y mirándolo se maravillaban. Y estando en esto, vimos venir una mujer desde el monte que traía consigo un gran palo en su mano, y cuando llego donde estaba nuestro cristiano, se le puso por detrás y, alzando el bastón, le dio un gran golpe que lo dejó muerto en el suelo; y enseguida las otras mujeres lo tomaron por los pies y lo arrastraron hacia el monte, y los hombres saltaron hacia la playa, y con sus arcos empezaron a arrojar flechas; y provocaron tal pavor en nuestra gente, que había aparecido en los bancos de arena que había en la costa, que a causa de las muchas flechas que caían sobre los barcos nadie se afanaba en tomar las armas. También les disparamos cuatro tiros de bombarda, que no acertaron, pero que, a causa del estruendo, provocaron la huida de todos hacia el monte, donde ya estaban las mujeres destrozando al cristiano; y en un gran fuego que habían preparado lo estaban asando a nuestra vista, mostrándonos muchos trozos y comiéndoselos, mientras los hombres hacían señas, y con sus gestos daban a entender que habían matado a los otros dos cristianos y se los habían comido. Lo que nos produjo un gran pesar, viendo con nuestros ojos lo cruelmente que se comportaban con el muerto; para todos nosotros fue una injuria intolerable, y teniendo el propósito más de cuarenta de nosotros de saltar a tierra y vengar tan cruda muerte y acto bestial e inhumano, el capitán mayor no lo quiso consentir. Y así quedaron satisfechos de tamaña injuria y nosotros zarpamos con mala voluntad y con gran vergüenza por causa de nuestra capitán."
El texto completo de la carta de Vespucio, en la última edición de cartas.org.ar
martes, 23 de octubre de 2007
¿Quién soy?
Parte de la encuesta sobre el ensayo (ver post anterior).
¿Qué líneas de la tradición del ensayo crítico nacional considera relevantes y por qué?
En realidad, no pienso mucho en una tradición nacional al momento de reflexionar sobre mi práctica de escritura. Mi formación es, en principio, católica (palotinos alemanes), y por lo tanto universalizante, y luego enciclopedista, europea y cosmopolita (una formación de bachillerato, esa cosa vieja que parece estar muerta para siempre). Entre una adolescencia marcada por San Pablo, cuyas cartas son para mí un momento formativo determinante y hasta prelógico, palabras raras de sabor ligeramente oriental mezcladas con los más entrañables recuerdos de infancia, y una adolescencia más voltaireana, más cínica y en consecuencia más mediatizada y reflexiva. Además, criado entre familiares (hasta primos) italianos, curas alemanes y vecinos gallegos (que casi no hablaban castellano) y de la Mitteleuropa, debo decir que lo nacional, incluso la idea de un ensayo que quede recubierto de modo aproximativo por esa palabra, me parece algo lejano y exótico. En pocas palabras, soy argentino muy nuevo, prácticamente de primera generación, de modo que mi relación, incluso lingüística, con lo “nacional” en sus diferentes variantes es, cuanto menos, bastante precaria.
Siempre leí el ensayo escrito por argentinos (la idea de un “ensayo nacional” me parece una contradictio in adjectio) en serie con esa tradición occidental, para llamarla con la vieja fórmula de los viejos y amados estilistas del siglo XX, como Curtius o Auerbach. Para responder un poco a la consigna, puedo decirles que entre los argentinos, me gustan mucho los clásicos del XIX (la tríada Sarmiento, Wilde, Mansilla). En el medio, el viaje alucinado de Joaquín V. en Mis montañas y de Ricardo Rojas en la Historia.
Del siglo XX: ceo que el primer ensayo, o más o menos ensayo, que leí fue una Razón de mi vida que había en el galpón de la casa de mi abuela materna; lo primero que leí en italiano fue un libro de esa misma abuela que encontré en su mesita de luz: un libro de vidas de santos y de beatos o sencillamente de gente común que había tenido alguna experiencia más o menos directa con lo divino, por supuesto en el marco de la más rancia ortodoxia de Trento; era un libro de la época de su niñez monacal en Sorrento, de 1897 o a lo sumo 1901, no mucho después de que Ibsen, Nietzsche, Wagner y otros septentrionales pasaran por la pequeña ciudad recostada en el “golfo más bello de la tierra”. Me llamaba mucho la atención el nombre de las localidades italianas en su grafía original (Venezia, Sardegna (que era, para mí, un apellido, como Bentivegna), Firenze, Napoli). En su momento esos libros -así como el modo compulsivo, y obstinado, lleno de automatismos corporales, en que mis dos abuelas leían sus textitos devotos de tapas negras- me produjeron un gran impacto, aunque ahora hace mucho que no los releo; Borges (perdón por la obviedad, pero juro que es cierto), Martínez Estrada (aunque a veces sea tedioso), Massotta (sobre todo “Roberto Arlt, yo mismo”; el resto no tanto), los cuadernos de Mastronardi, las cositas de Juanele. La prosa de Ángel Vasallo me resulta muy atractiva.
(...)
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