sábado, 10 de octubre de 2020

Sobre Erich Auerbach, La cultura como política.

 Publicado en Anuario de Glotopolítica, n. 2 (Buenos Aires - Nueva York: 2019)

Erich Auerbach (2017).

La cultura como política. Escritos del exilio sobre la historia y el futuro de Europa (1928-1947).

Ed. de Christian Rivoletti. Traducción de Griselda Mársico

Buenos Aires: El cuenco de plata. 216 páginas.

Reseñado por Diego Bentivegna.

 


No toda residencia en el extranjero es, en rigor, un “exilio”. El exilio presupone algo del orden de la fuerza arbitraria de expulsión que un Estado ejerce sobre los sujetos, y es una de las experiencias que –basta leer los trabajos sobre el tema del historiador Enzo Traverso (2016, entre otros)- dan forma a lo largo del siglo XX a la construcción de saberes que atraviesan los marcos nacionales, e incluso regionales, y las tradiciones de pensamiento asociadas que se fueron desarrollando en esos marcos, como la filología románica en los países de lengua alemana. En definitiva, el exilio es una de las fuerzas formantes de campos de saber sobre las lenguas y las prácticas discursivas que el siglo XX fue generando a lo largo de su transcurso, como las literaturas comparadas o la glotopolítica, aun por supuesto sin asignarles necesariamente esos nombres.

El exilio del que habla el título que se ha dado a este volumen es un exilio específico: la residencia forzada de una de las figuras más centrales de la crítica del siglo XX, Erich Auerbach, formado en la más alta tradición de los estudios romanísticos germanos, en un medio extraño y corrido en relación con el eje de sus intereses: un universo lingüístico y cultural ajeno, como el mudo turco de los años treinta y cuarenta, que vivía un profundo proceso de modernización –que se manifiesta con fuerza en el campo de la cultura y, en especial, de la lengua- a través de la gestión de Mustafá Kemal y del proyecto de occidentalización que su grupo político, los jóvenes turcos, habían empezado a esbozar a comienzos del siglo, cuando todavía existían, algunas de ellos en un estado terminal, los grandes imperios, en uno de los cuales, el imperio alemán, por cierto el más moderno y homogéneo del grupo, nace Erich Auerbach en 1892.

El libro recoge una serie de artículos que hasta hace poco tiempo era prácticamente imposible de leer en las lenguas occidentales, pero que el paciente trabajo, el amor a la lengua y a los textos de estudiosos de la obra de Auerbach de diferentes nacionalidades (italianos, suizos, alemanes, turcos) permite que llegan a nosotros. Son una serie de textos que el erudito alemán publicó durante su residencia en Estambul, que, como se sabe, se extiende entre 1934, cuando gracias a las gestiones de Leo Spitzer, que había abandonado en 1933 su cátedra en Marburgo con la llegada de Hitler al poder y había partido hacia Turquía, y de Benedetto Croce, que ejercía desde su estudio de Nápoles la oposición ético-política al autoritarismo fascista de Mussolini- logra un puesto en la Facultad de Lenguas de la Universidad de Estambul, y 1947, cuando, ya finalizada la guerra y con el reconocimiento académico que supuso la publicación de Mimesis, su libro más famoso -y un monumento absoluto de la cultura filológica del siglo XX-, parte hacia los Estados Unidos, donde terminará sus días en 1957 como profesor en la Universidad de Yale.

El largo exilio turco de Auerbach ha sido un período que, desde posiciones críticas como las de Emily Apter (2003), ha sido leído como un momento cardinal del siglo para la configuración del área de estudios de las literaturas comparadas. Recordemos la tesis de Apter. La investigadora norteamericana, profesora en la Universidad de Nueva York, plantea que ese constitución se produce en un doble movimiento: el de filólogos formados en una tradición romanista -Spitzer y Auerbach-, que, por su condición de judíos, deben abandonar sus puestos en el sistema universitario alemán para buscar nuevos horizontes en la joven Turquía republicana de Mustafá Kemal, y el posterior desplazamiento de ambos a los Estados Unidos, donde terminará de conformarse un espacio ya no restringido al estudio de las literaturas europeas sino que se piensa en un horizonte mundial. En estos traslados y en estas reconfiguraciones del campo de los estudios literarios, el trabajo en el exilio de Auerbach representa para Apter una dimensión todavía encerrada en los parámetros de la tradición eurocéntrica en la que se había formado, poco interesado en la ampliación de la literatura mundial hacia otros horizontes y, como lo revela la correspondencia con su amigo Walter Benjamin que puede consultarse en castellano en una edición de hace unos años de la editorial Godot de Buenos Aires, muy crítico con respecto al clima de opresión dominante en la nueva Turquía.

La publicación de un volumen como el que reseñamos ahora permite complejizar la lectura de Apter. Lo cierto es que, hasta la publicación de estos materiales, era más bien poco lo que sabíamos sobre los escritos turcos de Auerbach. El punto de partida de la edición son los cuatro artículos que Christian Rivoletti, el curador de la versión alemana sobre la que realizó esta traducción el castellano, encontró en 2006 en los archivos de la Universidad de Tubinga. Posteriormente, gracias a la colaboración de colegas de Rivoletti estudiosos del turco y del trabajo in situ en los archivos de Estambul, se recogieron los doce artículos que forman parte de esta edición, publicados en parte en italiano en una edición en 2010 en una edición a cargo del mismo Rivoletti y de Riccardo Castellana y solo en 2014 en la lengua materna de Auerbach.

Seis de esos artículos reproducen conferencias que Auerbach mantuvo en la Universidad de la ciudad del Bósforo entre 1937 y 1945. Son los textos titulados “Literatura y guerra”, “El surgimiento de las lenguas nacionales en la Europa del siglo XVI”, “El realismo en la Europa del siglo XIX”, “Dante”, “Montesquieu y la idea de la libertad” y “Jean-Jacques Rousseau”. El resto de los textos incluidos son versiones de artículos publicados en su momento en diferentes revistas turcas, como la revista de la Casa del Pueblo de Estambul. Se trata, en este caso, de artículos cuyos títulos evidencian la voluntad de intervención política de Auerbach en sus años turcos, como “La influencia de las monarquías sobre la democracia en Francia”, “Sobre Maquiavelo”, “Voltaire y la democracia”, además del texto de presentación del número inicial de la Revista del Instituto de Filología Románica de la Universidad de Estambul, que comenzó a publicarse en 1947, cuando Auerbach estaba ya partiendo hacia los Estados Unidos. Se incluye, finalmente, un artículo muy breve dedicado a Benedetto Croce, publicado en francés en el periódico La Turquie.  

Pese a su brevedad, el texto dedicado al filósofo italiano es altamente significativo para pensar las solidaridades intelectuales, las filiaciones teóricas y, en definitiva -para retomar la categorización de Michel Löwy (1997)-, las “afinidades electivas” potenciadas por Auerbach durante su exilio turco. El artículo cierra la compilación. Ocupa ese lugar, es cierto, no por razones estrictamente cronológicas, ya que se trata de un texto de 1943. Puede leerse el cierre como un homenaje a una de las grandes figuras intelectuales –por entonces Croce estaba ya al borde de sus ochenta años- que, con sus hipótesis acerca de la fundación “sin residuos” de estética y lingüística general como un única “ciencia de la expresión”; habían estado en el comienzo, sobre todo a través de la mediación de un crítico un poco mayor que Auerbach como Karl Vossler, de la renovación de los estudios lingüísticos y literarios emprendidos por la generación de Auerbach y Spitzer, quienes se reconocerán marcados en muchos aspectos del idealismo filosófico y del liberalismo político, críticos de las diferentes derivas totalitarias que atraviesan el mundo en la primera mitad del siglo. Es en Croce, en el liberalismo lingüístico que propugna en las página de la Estética como ciencia de la expresión y como lingüística general y en la concepción de la historia como historia de la libertad de donde surgen muchos de los planteos de Auerbach en relación a las articulaciones entre lenguas, prácticas literarias y política.

Hay dos grandes grupos de problemas que Auerbach esboza en estos escritos turcos y que confluirán en Mimesis, su obra mayor. Por un lado, Auerbach enfatiza en estos escritos el problema del realismo, al que le dedica una conferencia entera centrada en el siglo XIX y en la que insiste en el corrimiento de perspectiva de una visión históricamente atenta a los “grandes hombres” y a los sectores “altos” de la escala social hacia una mirada que percibe sobre todo a los “comunes”, con sus diferentes características culturales y, como lo afirmará con mayor detalle en Mimesis, sus diferentes inflexiones lingüísticas. En la “constelación” que arma Auerbach para pensar el realismo, las operaciones sobre las lenguas literarias que desconfiguran el sistema de estilos codificado por la antigüedad y heredado por occidente, asumen una dimensión evidentemente política.

El segundo núcleo de cuestiones –esta vez directamente insertas con lo que puede pensarse como un programa de trabajo glotopolítico- se relaciona con las reflexiones acerca de la construcción histórica de las diferentes lenguas nacionales. En este aspecto, en “El surgimiento de las lenguas nacionales en la Europa del siglo XVI” Auerbach resume gran parte de los aportes de la escuela histórica “idealista” y de la mirada con la que esta observa los fenómenos relacionados con las lenguas. En principio, Auerbach sostiene en su artículo una visión epistémica extrema en lo que se refiere a las relaciones entre lenguaje y conocimiento: “Todo lo que aprendemos –afirma- se vierte en el molde de la lengua materna. Hasta tal punto es así, que podemos preguntarnos si las palabras nacieron del mundo exterior o si el mundo exterior nación de las palabras” (55).

La claridad que exige un texto divulgativo como este hace que se expliciten lo que en textos complejos como Mímesis aparece de una manera más oscura. Es lo que sucede, por ejemplo, con las relaciones entre lengua y política, que raramente Auerbach hace explícitas pero que el lector puede desentrañar, sin demasiada dificultad, en sus textos. Al ser el medio de expresión no solo de un individuo, sino también de un pueblo, el lazo más fuerte que garantiza la unidad de una sociedad es la lengua materna compartida. Hay materiales textuales que operan como instancia de puesta en un plano consciente de la pertenencia a una lengua común y, en consecuencia, a una cultura compartida, relativamente homogénea: son los grandes monumentos literarios en los que un determinado pueblo se reconoce, “fijado por escrito, conocido por todos” (57). En definitiva, la función histórica de esos grandes monumentos literarios es, al mismo tiempo, lingüística –en la medida en que legitima una variedad, que puede ser una variedad puramente literaria- como lengua compartida, y una función política, que en principio consolida la delimitación de un pueblo determinado y, eventualmente, según los avatares históricos, de una determinada nación.

Existen dos aspectos más que me parece importante rescatar en la dimensión política de las lenguas que registra Auerbach en su conferencia y que pueden ser vistos como posicionamientos políticos. En primer lugar, Auerbach habla de algo tal –ignoro cuál es la expresión turca que las traducciones occidentales vierten de esta manera- como una “hegemonía cultural”. Es un término que, por supuesto, convoca la memoria de la acuñación idéntica que presenta Gramsci en sus escritos de la cárcel. Algo que alimenta la relación entre el pensamiento político gramsciano y el pensamiento filológico de Auerbach es justamente la elaboración de una teoría explícitamente política del lenguaje que, en gran parte, se nutre de fuentes análogas a las que alimentan las operaciones de Auerbach, del idealismo lingüístico croceano, al que aludimos, a las críticas a la tradición positivista que llevan adelante en Italia Matteo Bartoli –el maestro en lingüística de Gramsci- y, en ámbito alemán, Hugo Schuchardt y Karl Vossler. En todo caso, lo se desprende del textos de Auerbach es que la historia política de una lengua debe pensarse en relación con procesos políticos amplios, que van más allá de una mera historia lingüística interna.

Son procesos culturales y sociales que permite dar cuenta de situaciones complejas, en las que articulación entre pueblo, lengua y nación aparece en algún punto puesta en cuestión. Es lo que sucede, por ejemplo, con la persistencia de la lengua latina que continúa funcionando como lengua de prestigio aun cuando la realidad política en la que había operado, el imperio romano, había desaparecido como tal. Auerbach enfatiza así, en relación con un caso histórico concreto, la cuestión del “prestigio” lingüístico, problema que ocupa un lugar importante en la reflexión sobre el lenguaje en teóricos contemporáneos de Auerbach preocupados por las implicancias históricas –y más específicamente, culturales- de los fenómenos lingüísticos. Pensemos en Hugo Schuchardt. O pensemos en una figura como la del filólogo italiano Benvenuto Terracini, refugiado -cuando Auerbach escribe estos textos- en Tucumán, donde resume y al mismo tiempo repotencia sus reflexiones sobre las relaciones entre lengua, cultura, traducción e historia.

Por otro lado, y en conexión siempre con la cuestión general de la hegemonía cultural, Auerbach subraya, a partir de una serie de observaciones sobre el caso francés y los diferentes proyectos de reforma “desde arriba” que se registran desde el Renacimiento hasta la Ilustración, las dificultades con las que se enfrentará un proyecto de reforma de una lengua nacional pensada de manera unilateral como política de Estado, como la que estaba implementado el estado turco. “La fuente de una lengua literaria en verdad es la lengua que habla el pueblo, y es la lengua del pueblo la que define la necesidad, el momento y la duración de las reformas”, afirma Auerbach en el cierre de su texto (70). La huella, otra vez, es la del liberalismo lingüístico que Croce sostiene en el último capítulo de la Estética y del que Gramsci se apropiara de manera crítica para mostrar sus limitaciones, pero también para criticar las políticas lingüísticas –y, en general, culturales- que se piensan tan solo como políticas unilaterales de Estado. La hegemonía que convocan desde sus respectivos exilios, en Estambul y en la cárcel fascista, Auerbach y Gramsci, en definitiva, nombra la heterogeneidad constitutiva de los objetos culturales y, en un mismo gesto, las limitaciones de una política dirigista que pretende instalar la homogeneidad sin fisuras de lo real.

En la construcción de su propia actividad crítica que Auerbach lleva adelante en el epílogo de Mimesis, el exilio turco es visto como condición que posibilita un proyecto panorámico y totalizador como el que presenta esa obra. Son líneas que, indudablemente, contribuyen a la construcción del ideologema auerbachiano del exilio, que será recogido y potenciado por uno de sus herederos, Edward Said, en un escrito que hoy forma parte de la más reciente edición en castellano de la obra.

Sin embargo, desde hace tiempo se ha venido complejizando la visión de un exilio turco como una residencia en una terra aliena, en una especie de páramo cultural. Lejos de estar aislado de todo contacto con colegas europeos con los que dialogar y confrontar posiciones, Auerbach podía encontrar en Turquía colegas tan interesantes como el filósofo Hans Reichenbach o el filólogo clásico Georg Rhode, el músico Paul Hindemith (fundador del Conservatorio de Estado de Ankara) o el arquitecto Bruno Taut, que luego de participar del expresionismo había sido uno de los propulsores de la renovación de la arquitectura alemana en los años diez del siglo y que en los veinte impulsó la construcción de los innovadores barrios obreros de Berlín, la ciudad natal de Auerbach. En todo caso, en el laboratorio teórico de su exilio, en diálogo implícito o explícito con otras experiencias de destierro y con otras construcciones contemporáneas de pensamiento, los textos reunidos en este volumen muestran cómo Auerbach participa de un clima de época en el que se encuentran las semillas de una reflexión no solo histórica, no solo cultural, sino también política sobre las lenguas y sus monumentos literarios.

 

Fuentes citadas:

 

Apter, Emily (2003). “Global Translatio: The “Invention” of Comparative Literature, Istanbul”, 1933. En: Critical Inquiry, vol 29, n. II. Pp. 253-281.

Auerbach, Erich y Walter Benjamin (2015). Correspondencia 1935-1937, trad.de Raúl Rodrigez Freire. Buenos Aires: Godot.

Löwy, Michael (1997). Redención y utopía. El judaísmo libertario en Europa Central. Un estudio de afinidad electiva, trad. Horacio Tarcus. Buenos Aires: El cielo por asalto.

Said, Edward (2005). Reflexiones sobre el exilio, trad. de Rosa Gallego Blanco. Barcelona, Debate.

Traverso, Enzo (2016). La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX, trad. de Laura Fólica. México-Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.