martes, 23 de diciembre de 2025

Queda un cuerpo.... por Diego Di VIncenzo (II)

 𝗤𝘂𝗲𝗱𝗮 𝘂𝗻 𝗰𝘂𝗲𝗿𝗽𝗼, 𝗱𝗲 𝗗. 𝗕𝗲𝗻𝘁𝗶𝘃𝗲𝗴𝗻𝗮.

𝗖𝗼𝗻𝘁𝗶𝗻𝘂𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻
𝗖𝗹𝗮𝘀𝗲 𝟮. 𝗣𝗮𝘀𝗼𝗹𝗶𝗻𝗶 𝗲𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝗮𝗻̃𝗼𝘀 𝗰𝗶𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗮


Por Diego Di Vincenzo

1.
Diego propone leer los años cincuenta en Pasolini como un período de formación decisivo, al que el propio Pasolini denominará retrospectivamente “gramsci-continismo”. Se insiste en que no se trata de una etapa preparatoria ni de un momento superado, sino del punto en el que se fijan los principios estéticos, políticos y filológicos que organizan toda la obra posterior. Así, los cincuenta aparecen como el laboratorio en el que se define un modo singular de intervenir en la tradición literaria italiana, combinando rigor filológico, experimentación poética y una lectura política de la lengua.
2.
La clase reconstruye con precisión el trabajo crítico y filológico desplegado durante esta década, tanto en revistas como Officina como en proyectos editoriales de gran escala. Poesia dialettale del Novecento (1952) y Canzoniere italiano. Antologia della poesia popolare (1955) son leídos como intervenciones deliberadas sobre el canon, orientadas a restituir tradiciones subalternas y a cuestionar la jerarquía lingüística dominante.
Se subraya que los extensos prólogos de estos volúmenes, reunidos luego en Passione e ideologia (1960), anticipan una tensión que atravesará toda la obra pasoliniana: la imposibilidad de separar experiencia histórica y forma literaria, pasión vital y elaboración crítica.
3.
El “continismo” pasoliniano se entiende a partir de una concepción precisa de la filología, desarrollada por Gianfranco Contini, el gran filólogo piamontés formado en estudios clásicos y en filología románica, y figura central de la crítica estilística del siglo XX. Leer, en este marco, no consiste en explicar un texto desde afuera ni en fijarlo como objeto cerrado, sino en seguir sus movimientos internos, sus correcciones, sus desplazamientos y sus impurezas. En ese sentido, la lectura activa que propone implica reconstruir el texto como proceso histórico, atendiendo a la materialidad de la lengua y a las decisiones formales que inscriben en ella conflictos culturales y sociales. Esta filología se organiza alrededor de las tensiones que atraviesan la escritura. Trabajar sobre variantes, estratos y discontinuidades permite mostrar que la lengua literaria nunca es homogénea, sino que acumula tiempos, registros y usos sociales en conflicto. En este punto, la concepción continiana converge con las reflexiones de Mijaíl Bajtín y Valentín Volóshinov, según Diego, para quienes la lengua es un territorio atravesado por fuerzas ideológicas, y todo signo verbal porta acentos en disputa. La lectura activa no estabiliza significados: expone las voces en fricción que habitan el texto. La amplitud del arco que va de Dante a Carlo Emilio Gadda resulta decisiva para Pasolini porque habilita una noción de tradición no patrimonial ni acumulativa. En Gadda, la proliferación de registros, la mezcla de cultismos, tecnicismos y dialectos, y la densidad intertextual llevan al límite esta concepción: leer exige sostener la complejidad del lenguaje sin reducirla. La dificultad no es un obstáculo, sino el modo mismo en que el texto produce sentido. Gadda funciona así como prueba extrema de una filología que solo puede operar activando todos los estratos de la lengua. Este modo de leer se inscribe, también y por último, en diálogo con la romanística alemana de Erich Auerbach. En Mímesis, la filología se concibe como una práctica capaz de pensar las formas literarias en su vínculo con la experiencia histórica concreta. En Erich Auerbach, la lectura filológica sigue apostando a una comprensión histórica de las formas de representación, aun cuando esa comprensión se construya por escenas discontínuas, cortes y variaciones de escala, sin clausura sintética ni sistema cerrado. Pasolini retoma ese gesto, pero lo desplaza: la lectura activa ya no se orienta a sostener una inteligibilidad histórica posible, sino a dejar expuesto un campo tensionado, hecho de restos, injertos y capas que permanecen en fricción. La divina mímesis transforma esa inflexión en procedimiento de escritura: la filología se vuelve forma, y la lectura se inscribe como práctica que trabaja con la discontinuidad, la superposición y la persistencia de lo inconcluso.
4.
Escribe Diego que la adopción del friulano como lengua poética se inscribe en un momento temprano de su trayectoria y responde a una decisión estética y política deliberada. En efecto, entre 1942 y 1954, Pasolini escribe y publica poesía en dialecto friulano en libros como Poesie a Casarsa (1942), La meglio gioventù (1954) y en diversos textos reunidos luego en La nuova gioventù, volumen que, no casualmente, aparece dedicado a Gianfranco Contini. En el contexto del fascismo y de sus políticas monolingües, el uso del dialecto no constituye un repliegue identitario ni un gesto folclorizante, sino una intervención consciente sobre la lengua literaria dominante y sobre el régimen cultural que la sostiene.
La escritura en friulano mantiene, además, un diálogo explícito con la gran tradición poética europea, en particular con Dante, la lírica provenzal y la poesía moderna, de modo que la lengua subalterna se convierte en un espacio de experimentación formal y de resistencia cultural. El dialecto no funciona como exterioridad arcaica, sino como lugar de fricción entre historia, forma y conflicto social: una lengua marcada por la marginalidad que, al ser trabajada con rigor filológico, se vuelve capaz de disputar los criterios mismos de legitimidad literaria.
5.
Taambién se retoma la oposición continiana entre Dante y Petrarca para mostrar cómo Pasolini adopta una concepción impura de la literatura. Petrarca encarna la depuración lingüística y la clausura formal; Dante, en cambio, representa el plurilingüismo radical y la mezcla de registros, saberes y lenguas.
La apropiación pasoliniana de Dante se lee como una toma de posición estética contra toda idea de pureza estilística y como la base de una literatura capaz de absorber la heterogeneidad social de su tiempo.
6.
Diego subraya una hipótesis central sobre el estatuto del yo en la Commedia: un yo que funciona de manera simultánea como figura históricamente situada y como instancia capaz de sostener una experiencia de alcance general. Ese yo no aparece dado de antemano, sino que se va construyendo en el recorrido del poema, en el cruce entre desplazamiento, relato, observación y datación de la experiencia. La primera persona dantesca se define así como una forma en proceso, ligada a una aventura vital y cognitiva que se despliega en el tiempo.
En la lectura que Diego retoma de Gianfranco Contini, esta duplicidad del yo se explica a partir de la coexistencia de dos escalas que se condicionan mutuamente: la de la anécdota concreta y la de la ley general, comparación que Contini formula recurriendo a Marcel Proust. Esa referencia permite pensar un yo que se constituye en el movimiento mismo de la escritura, a partir de la articulación entre memoria, experiencia y forma, y que resulta decisiva para comprender el modo en que La Divina Mímesis reinscribe el modelo dantesco en una temporalidad histórica marcada por la fragmentación y la pérdida de continuidad.
7.
El llamado “gramsci-continismo” puede leerse como una articulación precisa entre filología y política, en la que la reflexión sobre la lengua se desplaza hacia el terreno de la intervención cultural. El Gramsci que interesa a Pasolini es el que concibe el lenguaje como problema de hegemonía y lo nacional-popular como una tarea abierta, formulada en condiciones de escritura y circulación marcadas por la posguerra italiana. En ese marco, la publicación de los Cuadernos de la cárcel constituye una operación decisiva: su organización responde a un programa editorial que “interviene sobre el proceso mismo de escritura de esos documentos” y los dispone según un orden temático-político que fija una determinada imagen de Gramsci.
Ese proceso fue impulsado y administrado por Palmiro Togliatti desde el Partido Comunista Italiano, en tanto responsable de un dispositivo de edición que convirtió esos materiales en instrumento de intervención cultural, al punto de configurarlos como “una suerte de Biblia del proyecto político del Partido Comunista Italiano” (p. 47). La mediación continiana resulta clave para leer esa operación: permite abordar los textos gramscianos como un archivo problemático, atravesado por tensiones entre lengua, política y forma, más que como un sistema doctrinario cerrado. En esa línea, Pasolini no adopta una filosofía de la praxis en sentido estricto, sino que desplaza el problema hacia una filología de la praxis, donde el análisis del lenguaje se vuelve una vía crítica para interrogar los procesos de homologación cultural y las condiciones históricas de producción del sentido.
8.
La lección dantesca se prolonga en Boccaccio y reaparece en la obra pasoliniana de los años setenta, especialmente en Il Decameron. La mezcla de registros y voces se vuelve principio constructivo de una literatura situada deliberadamente en los márgenes.
Desde esta perspectiva, la concepción pasoliniana de la literatura se aproxima a lo que más tarde se formulará como literatura menor, en la medida en que lengua, historia y política resultan inseparables.
9.
También se analiza la resignificación pasoliniana de figuras y expresiones dantescas, como el veltro o la “humilde Italia”, para mostrar cómo, en la poesía de los cincuenta, esa Italia aparece asociada a la pobreza, la subalternidad y la fragilidad de las formas de vida populares.
El veltro, figura profética del canto I del Inferno de Dante Alighieri, pierde en Pasolini toda función redentora: ya no anuncia una salida histórica, sino que señala el agotamiento de toda promesa de restauración. La “humilde Italia” deja de ser horizonte de redención para convertirse en espacio de constatación de la dominación económica y la homologación cultural.
10.
El proyecto estético configurado en los años cincuenta articula una filología operativa, una política cultural atenta a la subalternidad y una poesía civil atravesada por la tensión entre cuerpo y programa. Estos elementos no se suman, sino que se condicionan mutuamente.
Desde esta lectura, para Diego, La Divina Mímesis aparece como el punto en el que filología, crítica, archivo y experiencia histórica dejan de distinguirse con claridad, revelando que lo que en los cincuenta se formula como proyecto, en la obra tardía se vuelve forma problemática y persistente.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Queda un cuerpo.... por Diego Di VIncenzo

 Queda un cuerpo, de Diego Bentivegna, Intro y Cap. 1



por Diego Di VIncenzo

Queda un cuerpo, de Diego Bentivegna, Intro y Cap. 1 En Queda un cuerpo, Diego Bentivegna reúne y reorganiza un conjunto de clases, apuntes y ensayos dedicados a Pier Paolo Pasolini, con el objetivo explícito de reconstruir la coherencia interna de su proyecto estético, crítico y político. El libro fue publicado en 2025 por la editorial Eduvim (Editorial Universitaria de Villa María), dentro de la colección Proyectos especiales, en una edición cuidada que articula investigación académica, escritura ensayística y trabajo pedagógico. La edición estuvo a cargo de Ingrid Salinas y la maquetación de Eleonora Silva, con una imagen de tapa provista por el Centro Studi Pier Paolo Pasolini de Casarsa. A lo largo de sus 202 páginas, Bentivegna no propone una biografía ni una lectura panorámica de la obra pasoliniana, sino una intervención crítica situada: leer a Pasolini desde sus operaciones concretas sobre la lengua, la tradición literaria, el archivo cultural y el cuerpo. El título del volumen condensa esta perspectiva. Queda un cuerpo no remite a un resto sentimental ni a una figura martirial, sino al cuerpo como lugar de inscripción histórica, como superficie atravesada por lenguas, conflictos de clase, tensiones políticas y procedimientos formales. Desde esta posición, el libro se inscribe en una tradición de lectura que privilegia la filología, la historia cultural y el análisis de las mediaciones antes que la anécdota biográfica o la polémica ideológica. Bentivegna trabaja con especial atención los años cincuenta, el vínculo con la filología continiana, la centralidad de Dante, el problema del plurilingüismo y la relación entre literatura, subalternidad y política cultural, proponiendo una lectura de Pasolini que apuesta por la complejidad y rehúye toda forma de simplificación retrospectiva. En este gesto de reunir clases y apuntes, Queda un cuerpo se inscribe deliberadamente en una tradición intelectual reciente que ha hecho de la edición de clases un modo específico de intervención crítica. En la Argentina, esa estela puede pensarse a partir de Daniel Link y Clases. Literatura y disidencia (2005, reed. 2025), de las clases dictadas por Josefina Ludmer en 1985, de las clases de Vassallo en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González, o de Clases de literatura argentina, compilación de las clases de Beatriz Sarlo en la UBA entre 1984 y 1988. Parecería que la publicación de clases diera cuenta de una necesidad histórica: preservar formas de pensamiento que se produjeron en situación, en el cruce entre docencia, investigación y coyuntura cultural, y que difícilmente se dejen reducir al formato del ensayo cerrado. Editar clases implica reconocer que allí se ensayan hipótesis, se arriesgan lecturas y se construyen tradiciones críticas en acto, con una densidad conceptual que no depende de la sistematicidad, sino de la exposición pública del pensamiento. En ese sentido, el libro de Diego funciona como actualización de una práctica intelectual que asume que la clase, en tanto forma, es también un lugar de producción teórica, y que su puesta en libro responde tanto a una necesidad de transmisión como a la voluntad de inscribir esas intervenciones en una historia crítica compartida. 1 En Queda un cuerpo, Pier Paolo Pasolini aparece desde el comienzo como un problema de lectura y no como un autor "da presentare". No porque falte información sobre su trayectoria, sino porque la forma misma de su producción tardía vuelve improcedente cualquier intento de síntesis armónica. Diego parte de ese punto de fricción: Pasolini escribe, filma, polemiza, corrige, vuelve sobre lo ya escrito, deja proyectos abiertos y materiales heterogéneos que no convergen en una unidad estable. Leer a Pasolini, en este marco, exige interrogar qué queda de la obra cuando la obra deja de organizar el sentido. 2 Lo que queda de Pasolini no es una obra cerrada, sino un cuerpo. Un cuerpo hecho de textos en proceso, de películas que dialogan con la pintura y la música, de artículos periodísticos, de entrevistas, de clases, de proyectos inconclusos. Ese cuerpo no se ordena retrospectivamente sin pérdida. Diego trabaja sobre esa persistencia material de Pasolini como un problema teórico: cómo leer cuando la producción intelectual se presenta como acumulación activa y no como sistema. El libro no intenta resolver esa tensión, sino mantenerla visible como condición de lectura. 3 La elección de la clase como forma no es exterior al objeto. Pasolini mismo pensó su escritura tardía como intervención, como toma de posición pública, como exposición reiterada de un pensamiento que no se clausura. En ese sentido, la clase resulta una forma adecuada para leerlo. En Queda un cuerpo, la clase no organiza un saber ya constituido, sino que lo pone en movimiento. La digresión, la vuelta sobre lo dicho, el paréntesis, aparecen como recursos que permiten sostener la clase como forma de pensamiento, espacio donde el saber se presenta en proceso, con digresiones, retrospecciones, paréntesis, insistencias. La clase como lugar donde se puede sostener la complejidad sin reducirla. 4 La Clase 1 se concentra en La divina mímesis, texto en el que Pasolini trabaja durante más de diez años y que deja corregido poco antes de su muerte en 1975. Se trata de un texto que conserva de manera explícita las marcas de su elaboración prolongada, y cuya forma da cuenta de un proceso de escritura extendido en el tiempo. Diego lee La divina mímesis como un punto de condensación del último Pasolini, en el que convergen problemas de estilo, de lengua, de archivo y de presente histórico. El texto se ofrece como un campo de tensiones que obliga a repensar qué significa “obra” en este tramo de su producción. 5 La noción de proyecto “da farsi”, es decir, un proyecto por hacerse, en proceso permanente y sin clausura definitiva, permite precisar la relación de Pasolini con su propia escritura. La divina mímesis avanza por agregación, corrección y desplazamiento, sin orientarse hacia una conclusión que sustituya lo anterior. Esta forma de trabajo señala una concepción de la escritura ligada a la imposibilidad de cerrar. Pasolini no elimina capas previas: las conserva, las vuelve visibles, las hace convivir. La escritura queda así atravesada por su propio tiempo de elaboración. 6 La forma “en estratos” de La divina mímesis (hay notas fechadas, fragmentos, paratextos, imágenes) produce una experiencia de lectura no lineal. Cada capa mantiene su temporalidad y su tono, sin integrarse en una síntesis final. Diego interpreta esta forma como respuesta a una experiencia histórica que Pasolini percibe como discontinua. El texto no narra un recorrido, sino que acumula restos. Leer a Pasolini implica aceptar esa superposición como parte constitutiva de su pensamiento tardío. 7 En la lectura que propone Diego, la reescritura de Dante en prosa por parte de Pasolini no constituye un cambio técnico ni una elección estilística entre otras, sino la inscripción formal de una imposibilidad histórica, ya que en el siglo XX la forma alta deja de ser capaz de contener y organizar la heterogeneidad lingüística que en la Comedia se articulaba productivamente entre registros, dialectos y saberes; la prosificación señala así una crisis del estilo ligada a la aparición de una lengua única, endurecida y homogénea, administrada por los dispositivos del poder contemporáneo, frente a la cual el verso elevado se vuelve decorativo o falsamente arcaico, incapaz de absorber la diferencia sin negarla, de modo que la operación dantesca en Pasolini no funciona como cita erudita ni como homenaje cultural, sino como diagnóstico histórico de una mutación profunda de las lenguas y de las condiciones mismas de posibilidad de la literatura. 8 La forma anarchivista permite escribir cuando el tiempo se organiza de otro modo que la continuidad. Capas, restos, interrupciones y violencias se disponen sin resolverse en una secuencia progresiva. El texto hace ingresar la catástrofe en su propia forma. Por eso La divina mímesis, Saló y Petróleo quedan ligados por una misma dificultad para sostener la alteridad en un mundo homologado. El infierno no es lugar, es condición histórica. 9 El último Pasolini aparece así como contemporáneo incómodo. Interviene en su tiempo, pero también lo contradice desde adentro. Escribe, filma, polemiza, da entrevistas, corrige, archiva, reordena. Nada se cierra. Todo queda. Bentivegna lee ese modo de intervenir como una práctica de conocimiento alejada de la academia. Pensar, escribir y enseñar aparecen mezclados. El libro asume esa mezcla y la convierte en forma. CONTINUARÁ

En Queda un cuerpo, Diego Bentivegna reúne y reorganiza un conjunto de clases, apuntes y ensayos dedicados a Pier Paolo Pasolini, con el objetivo explícito de reconstruir la coherencia interna de su proyecto estético, crítico y político.
El libro fue publicado en 2025 por la editorial Eduvim (Editorial Universitaria de Villa María), dentro de la colección Proyectos especiales, en una edición cuidada que articula investigación académica, escritura ensayística y trabajo pedagógico. La edición estuvo a cargo de Ingrid Salinas y la maquetación de Eleonora Silva, con una imagen de tapa provista por el Centro Studi Pier Paolo Pasolini de Casarsa.
A lo largo de sus 202 páginas, Bentivegna no propone una biografía ni una lectura panorámica de la obra pasoliniana, sino una intervención crítica situada: leer a Pasolini desde sus operaciones concretas sobre la lengua, la tradición literaria, el archivo cultural y el cuerpo. El título del volumen condensa esta perspectiva. Queda un cuerpo no remite a un resto sentimental ni a una figura martirial, sino al cuerpo como lugar de inscripción histórica, como superficie atravesada por lenguas, conflictos de clase, tensiones políticas y procedimientos formales.
Desde esta posición, el libro se inscribe en una tradición de lectura que privilegia la filología, la historia cultural y el análisis de las mediaciones antes que la anécdota biográfica o la polémica ideológica. Bentivegna trabaja con especial atención los años cincuenta, el vínculo con la filología continiana, la centralidad de Dante, el problema del plurilingüismo y la relación entre literatura, subalternidad y política cultural, proponiendo una lectura de Pasolini que apuesta por la complejidad y rehúye toda forma de simplificación retrospectiva.
En este gesto de reunir clases y apuntes, Queda un cuerpo se inscribe deliberadamente en una tradición intelectual reciente que ha hecho de la edición de clases un modo específico de intervención crítica. En la Argentina, esa estela puede pensarse a partir de Daniel Link y Clases. Literatura y disidencia (2005, reed. 2025), de las clases dictadas por Josefina Ludmer en 1985, de las clases de Vassallo en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González, o de Clases de literatura argentina, compilación de las clases de Beatriz Sarlo en la UBA entre 1984 y 1988.
Parecería que la publicación de clases diera cuenta de una necesidad histórica: preservar formas de pensamiento que se produjeron en situación, en el cruce entre docencia, investigación y coyuntura cultural, y que difícilmente se dejen reducir al formato del ensayo cerrado. Editar clases implica reconocer que allí se ensayan hipótesis, se arriesgan lecturas y se construyen tradiciones críticas en acto, con una densidad conceptual que no depende de la sistematicidad, sino de la exposición pública del pensamiento. En ese sentido, el libro de Diego funciona como actualización de una práctica intelectual que asume que la clase, en tanto forma, es también un lugar de producción teórica, y que su puesta en libro responde tanto a una necesidad de transmisión como a la voluntad de inscribir esas intervenciones en una historia crítica compartida.
1
En Queda un cuerpo, Pier Paolo Pasolini aparece desde el comienzo como un problema de lectura y no como un autor "da presentare". No porque falte información sobre su trayectoria, sino porque la forma misma de su producción tardía vuelve improcedente cualquier intento de síntesis armónica.
Diego parte de ese punto de fricción: Pasolini escribe, filma, polemiza, corrige, vuelve sobre lo ya escrito, deja proyectos abiertos y materiales heterogéneos que no convergen en una unidad estable. Leer a Pasolini, en este marco, exige interrogar qué queda de la obra cuando la obra deja de organizar el sentido.
2
Lo que queda de Pasolini no es una obra cerrada, sino un cuerpo. Un cuerpo hecho de textos en proceso, de películas que dialogan con la pintura y la música, de artículos periodísticos, de entrevistas, de clases, de proyectos inconclusos. Ese cuerpo no se ordena retrospectivamente sin pérdida.
Diego trabaja sobre esa persistencia material de Pasolini como un problema teórico: cómo leer cuando la producción intelectual se presenta como acumulación activa y no como sistema. El libro no intenta resolver esa tensión, sino mantenerla visible como condición de lectura.
3
La elección de la clase como forma no es exterior al objeto. Pasolini mismo pensó su escritura tardía como intervención, como toma de posición pública, como exposición reiterada de un pensamiento que no se clausura. En ese sentido, la clase resulta una forma adecuada para leerlo.
En Queda un cuerpo, la clase no organiza un saber ya constituido, sino que lo pone en movimiento. La digresión, la vuelta sobre lo dicho, el paréntesis, aparecen como recursos que permiten sostener la clase como forma de pensamiento, espacio donde el saber se presenta en proceso, con digresiones, retrospecciones, paréntesis, insistencias. La clase como lugar donde se puede sostener la complejidad sin reducirla.
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La Clase 1 se concentra en La divina mímesis, texto en el que Pasolini trabaja durante más de diez años y que deja corregido poco antes de su muerte en 1975. Se trata de un texto que conserva de manera explícita las marcas de su elaboración prolongada, y cuya forma da cuenta de un proceso de escritura extendido en el tiempo.
Diego lee La divina mímesis como un punto de condensación del último Pasolini, en el que convergen problemas de estilo, de lengua, de archivo y de presente histórico. El texto se ofrece como un campo de tensiones que obliga a repensar qué significa “obra” en este tramo de su producción.
5
La noción de proyecto “da farsi”, es decir, un proyecto por hacerse, en proceso permanente y sin clausura definitiva, permite precisar la relación de Pasolini con su propia escritura. La divina mímesis avanza por agregación, corrección y desplazamiento, sin orientarse hacia una conclusión que sustituya lo anterior.
Esta forma de trabajo señala una concepción de la escritura ligada a la imposibilidad de cerrar. Pasolini no elimina capas previas: las conserva, las vuelve visibles, las hace convivir. La escritura queda así atravesada por su propio tiempo de elaboración.
6
La forma “en estratos” de La divina mímesis (hay notas fechadas, fragmentos, paratextos, imágenes) produce una experiencia de lectura no lineal. Cada capa mantiene su temporalidad y su tono, sin integrarse en una síntesis final. Diego interpreta esta forma como respuesta a una experiencia histórica que Pasolini percibe como discontinua. El texto no narra un recorrido, sino que acumula restos. Leer a Pasolini implica aceptar esa superposición como parte constitutiva de su pensamiento tardío.
7
En la lectura que propone Diego, la reescritura de Dante en prosa por parte de Pasolini no constituye un cambio técnico ni una elección estilística entre otras, sino la inscripción formal de una imposibilidad histórica, ya que en el siglo XX la forma alta deja de ser capaz de contener y organizar la heterogeneidad lingüística que en la Comedia se articulaba productivamente entre registros, dialectos y saberes; la prosificación señala así una crisis del estilo ligada a la aparición de una lengua única, endurecida y homogénea, administrada por los dispositivos del poder contemporáneo, frente a la cual el verso elevado se vuelve decorativo o falsamente arcaico, incapaz de absorber la diferencia sin negarla, de modo que la operación dantesca en Pasolini no funciona como cita erudita ni como homenaje cultural, sino como diagnóstico histórico de una mutación profunda de las lenguas y de las condiciones mismas de posibilidad de la literatura.
8
La forma anarchivista permite escribir cuando el tiempo se organiza de otro modo que la continuidad. Capas, restos, interrupciones y violencias se disponen sin resolverse en una secuencia progresiva. El texto hace ingresar la catástrofe en su propia forma. Por eso La divina mímesis, Saló y Petróleo quedan ligados por una misma dificultad para sostener la alteridad en un mundo homologado. El infierno no es lugar, es condición histórica.
9
El último Pasolini aparece así como contemporáneo incómodo. Interviene en su tiempo, pero también lo contradice desde adentro. Escribe, filma, polemiza, da entrevistas, corrige, archiva, reordena. Nada se cierra. Todo queda.
Bentivegna lee ese modo de intervenir como una práctica de conocimiento alejada de la academia. Pensar, escribir y enseñar aparecen mezclados. El libro asume esa mezcla y la convierte en forma.
CONTINUARÁ

lunes, 27 de octubre de 2025

Humanismo y catástrofe


Compartido con: Público
No sólo las encuestas. Tampoco los análisis políticos han servido mucho para anticipar la catástrofe de ayer. Y ni hablar de un discurso que no supo reconstruirse, perdido en el remolino de una identidad política fragmentada, herida, condensada en una danza piscopática, autoafirmativa y negadora. Estamos en medio de una catástrofe cuyas consecuencias todavía no prevemos; se vienen tiempos muy oscuros para los que evidentemente no estamos preparados, porque dejamos de entender mucho. Se vienen tiempos de profundización de un embate contra todo aquello que hemos contribuido a construir durante generaciones.
Está mañana mi hijo de dos años se despierta a las seis de la mañana Ayer acompañó a sus padres a emitir el voto. Marcó con sus padres la cruz en sus boletas y las puso con ellos en las urnas. Acompañó también a votar a su abuela más viejita, que tienen muchos, muchos años.
Hoy a la mañana, a las seis, no quiero ver ningún diario. Ningún portal. Hasta que sea la hora de ir al jardín, quiero jugar con mi hijo. Miramos juntos un libro del Antiguo Egipto, un libro para niños con el aval del Museo Británico. Unos hombres construyen las pirámides ahí adentro para siempre. Siembran y cosechan el trigo sin importarles nada más que eso. Escriben desde el fondo de los tiempos sobre tablas de cera. Siguen el rito milenario de honrar a sus muertos.
Poco antes de morir, cuando Milei ya había ganado en las Paso del 2023, mi padre me comentó que "esto" no podría ganar, porque e algo que iba contra todo lo que habíamos hecho durante décadas, de manera sostenida, paciente, laboriosa, corporal, existencial, familiar, amistosa, anónima. No se refería a los grandes discursos, a los grandes relatos ahuecados que ya no dicen sino su propio vacío. Se refería a otra cosa: una cosa más ligada con una forma de los comunitario en la que crecimos, antes de toda identidad partidaria, antes del voto. Algo mucho más constitutivo y arraigado, algo que implica una idea del ser humano inserto en esta tierra, viviendo en este mundo.
Urge pensar en la tormenta un humanismo nuevo, refractaria al discurso reiterativo, al grito, a la consigna fácil. No digo que ese humanismo sea una salida, porque no creo ya mucho en esa retórica de fines y caminos. No sabría tampoco qué rostro podría tener ese humanismo. Sólo digo que urge imaginarlo. Por nuestra supervivencia



Diego Bentivegna

jueves, 31 de julio de 2025

Vittorio Sereni - De "Diario de Argelia"

 Buen día!

En el Periódico de poesía de la UNAM (México) se acaba de publicar una selección de poesía de Vittorio Sereni (1913-1983) con traducción y con nota introductoria a cargo de un servidor. Los poemas pertenecen al libro Diario de Argelia, que tiene en el centro la experiencia de soldado de Sereni en la segunda guerra mundial y sus meses de prisión en el norte de África. Agradezco profundamente a la gente del Periódico, en especial a Hernán Bravo Varela, por alojar estos textos en su espacio.
"Ya no sabe nada, va en alto con las alas
el primer caído de boca en la playa
[normanda.
Por eso alguien esta noche
me tocaba un hombro, me susurraba
que rezara por Europa
mientras la Nueva Armada
se presentaba en la costa de Francia.
Y respondí en el sueño: —Es el viento,
el viento que forma músicas extrañas.
Pero si fueses en verdad
el primer caído de boca en la playa
[normanda
reza tú si es que puedes, yo estoy
[muerto
en la guerra y en la paz.
Ésta es la música ahora:
la de las carpas que golpean en los
[postes.
No es música de ángeles, es mi
música tan sólo y me alcanza—."



https://periodicodepoesia.unam.mx/el-viento-que-forma-musicas-extranas/?fbclid=IwY2xjawL4fCVleHRuA2FlbQIxMQABHv7hbp2q-B6KRoZKYljDpkq3CZZcHsURiBIkPo19a4fFXV2S40cggVxtYHCE_aem_rQJKyeWV6BBSYbJfF6OJzw
Enlace a la publicación:

jueves, 3 de julio de 2025

Tanatocracias

 Mis dos abuelos vivieron la primera guerra mundial como soldados, ambos muy jóvenes, apenas adolescentes, enrolados en una matanza que no comprendían, que los excedía. Nunca escuché ningún relato heroico acerca de esa guerra. Al contrario, lo que primaba, siempre, en las narraciones era la búsqueda de algo simple y primitivo, profundamente vital: la supervivencia.

Mi padre, siendo también muy chico, un niño, fue testigo de la guerra en su país, con la destrucción y la muerte que pasaron por la puerta de su casa (y que se llevó a sus tíos y a sus primos bajo las bombas norteamericanas). Vio a los solados alemanes, ya hambrientos y moralmente derrotados, enrocados en lo alto del pueblo, como en otros siglos lo habían hecho los bizantinos, los árabes o los normandos. Vio a los soldados italianos, sus compatriotas, arrastrados a una guerra vergonzosa y vergonzante.
En la escuela, escuchamos el relato de cómo las hermanas y la madre de uno de los curas habían sido asesinadas por los rusos cuando entraron a Alemania. Se habían resistido a ser violadas.
La bisabuela de mi hijo era sobreviviente de Auschwitz.
No creo en los héroes de guerra.
No creo en sus medallas.
Me repugnan los desfiles ante los tanatócratas, sean Trump o Putin.
Mi madre, también muy joven, escuchó el paso de los aviones que iban a ametrallar Plaza de Mayo en el 55. Vivía en Libertad y Sarmiento y escuchaba, abrazada a sus padres y a sus hermanos, cómo los aviones de la marina pasaban en vuelo rasante sobre su casa. Escuchaba la metralla.
Yo, siendo muy chico, sentí el temor a la guerra y a las bombas sobre nosotros, en el 82, cuando nos hacían practicar evacuaciones en la escuela por Malvinas. A veces nos hacían desfilar. Teníamos juguetes bélicos: soldaditos, tanques de plástico, metrallas.
Nos persiguen las sombras, las sombras terribles.
La guerra es un monstruo, como un eco de la canción de Gieco. O mejor: era un monstruo. Pensaba eso. Ahora pienso que ese monstruo asume nuevos rostros: es ante todo una máquina, asesina, truculenta, profundamente sádica, que funciona por sí misma y que, tarde o temprano, nos fagocitará a todos.
24.06.25


Las alarmas del Dr.

 Los efectos de la I A (horror síglico) en la escritura ensayística son devastadores. Ni hablemos de la escritura académica, ya arrasada por otros medios (la adecuación a la norma, el juicio "ciego" de pares inescrupulosos, los "abstracts" -ay, en inglés- la indexación, las normas APA). Cualquiera puede ver el estrago, me parece. Incluso se nota un degrado notable en muchos posteos en esta red, con la huella de la IA. Prefiero no adecuarme, realmente, y desaparecer de manera sostenida.

26.06.25

La bestia tanática

 "Hemos hecho como en Hiroshima y en Nagasaki", dice el señor presidente de la potencia del Norte, chapoteando más en el pantano de odio y destrucción del que surgió y que está extendiendo a toda la tierra. Dentro de poco, escucharemos seguramente las apologías de Treblinka o de Kolyma.

Se despierta un Leviatán ebrio, presuntuoso, violento; se alza la Bestia tanática, primordial, profundamente homicida.
27.06.25



De la Cárcova

 No conocía la Escuela de Bellas Artes que lleva el nombre de Ernesto de la Cárcova, hoy parte de la UNA. En Costanera Sur, muy cerca de las fuentes de las Nereidas de Lola Mora, a pasos del barrio Rodrigo Bueno.

Fuimos esta tarde a la inauguración de una muestra de María Guerrieri y Paula Castro. Además de reencontrarnos después de mucho tiempo con varias caras amigas, disfrutamos muchísimo del lugar, que me pareció uno de los más agradables de esta ciudad. Nica encontró además el carro del señor Invierno, con su manivela para producir copos de nieve, una pieza fundamental de las historias de la Bebé Alberta, en las que nos internamos todas las noches antes de dormir. Hermoso espacio. Muy lindas piezas para recorrer la historia del arte. Y una huerta deliciosa. Nos prometimos vovler, bajo un clima más amable.



Nevadas

 No puedo rememorar la primera vez que vi la nieve. La vi, pero no la recuerdo.

Fue en julio del 73. Yo tenía cuatro meses (soy del 8 de marzo). Fue en nuestra casa familiar en Córdoba, en el Valle de Calamuchita, en la casa que hicieron mis padres, la casa en la barranca, tierra de infancia y de ese recuerdo inmemorable.
Mi madre debe tener la foto en la que estoy yo, bebé, y ella dándome un beso, con un muñeco de nieve en el capot del Fiat verde que en ese época teníamos.
Sí, mi madre debe tener esa foto.
Foto: nevada en la localidad de La Cruz, un lugar que visitábamos todos los años para disfrutar de su agua. Los pastelitos que vendían en el balneario eran un delirio!

29.06.25



Napolitanas

 Ayer mi mamá, jóvenes 88 años, me mandó esta foto por correo de F. Es una toma de 1976 de la casa en que vivió Giácomo Leopardi sus últimos días en Nápoles, Vico del Pero, 2, no lejos del Museo Arqueológico Nacional.

"Como vos siempre lo nombrás...", me dijo.
Gracias, ma.



Venecianas

 Venecia. Vuelven de pronto a mi cabeza las mañanas de frío mientras cruzaba caminando los canales para llegar a horario a las clases de Severino, en la otra punta, casi sobre el canal de la GIudecca. Vuelven de pronto los gritos de los vendedores de pescados o el din don de las las campanas, esas campanas de las que hablaba Luigi Nono, un sonido que casi podía tocarse en la caja de resonancia de la laguna. Había un fragmento de un documental sobre Nono en el que el compositor habla de la resonancia de esos sonidos. Un documental que vi una noche de Navidad, a las tres de la mañana, de regreso a mi casa después de los festejos, en una noche de calor y de resaca. Esa misma semana fui a Towers Records, una gloria, en Cabildo y Juramento, donde pasábamos horas, y conseguí la cajita con los dos cds de Prometeo.

Esas campanas de las que hablaba Nono son las que vuelven todo el tiempo, cuando las escuchamos con Nica a la distancia, en Youtube. Tragedia de la escucha, como en el Prometeo montado por él y por Cacciari.
¿Se puede volver a esos lugares?
La vulgaridad de haber transformado a Venecia en una versión degradada de Miami o de Las Vegas -esos lugares que son las mecas del consumismo argentino- con los modelos de riqueza y de aparente belleza: todo muy grotesco, todo muy desagradable, todo muy primitivo. No en vano una figura como Messi, el equivalente de la IA en el fútbol, termina sus días en esas ciudades mortuorias, chapoteando en el plástico y en los plasmas. Es una vulgaridad que no debería leerse sino en relación con el exterminio programático (Gaza), la política de la agresión y de la muerte y los discursos el odio. Como decía Gramsci, hay que insistir en la conexión de los problemas. Tal vez hoy más que nunca.
30.06.25