domingo, 14 de mayo de 2023

Cristina Campo, "Atención y poesía", 1961.

 ATENCIÓN Y POESÍA




En algunos viejos libros se le ha dado al justo el celeste nombre de mediador. Mediador entre el hombre y Dios, entre el hombre y otro hombre, entre el hombre y las leyes secretas de la naturaleza. Al justo, y al justo solo, se le concede el oficio de mediador porque ninguna atadura imaginaria, pasional, puede coartar o deformar en él la facultad de lectura. « Et chaque être humain (y se podría añadir: et chaque chose) crie en silence pour être lu autrement ».
De aquí la importancia de la libertad del corazón que todas las iglesias recomiendan como higiene espiritual: vigilia de las turbaciones, mantenerse en disponibilidad para la revelación divina. Pero ninguna iglesia ha dicho nunca explícitamente: manteneos puros en las obras y en los pensamientos para concertar a los hombres y las cosas según esta mirada sin sombras. En este plano aparecen como equivalentes: justicia, poesía y crítica: son tres formas de mediación.
Pues, ¿qué puede ser la mediación sino una facultad para atender enteramente limpia? Contra ella actúa lo que muy impropiamente llamamos la pasión, o sea: la imaginación febril, la ilusión fantástica. De modo que se podría decir que justicia e imaginación son términos antitéticos. La imaginación pasional, una de las formas más incontrolables de la opinión (ese sueño en que todos nos movemos) no puede servir sino a una justicia imaginaria. Y ésta parece ser la diferencia esencial entre la justicia pasional de Electra y la justicia espiritual de Antígona: que la primera imagina poder restituir culpa por culpa, trasfiriendo el peso de uno a otro eslabón de una cadena inquebrantable, mientras la segunda se mueve en un plano donde la ley de la necesidad no tiene ya curso.
Al justo, contrariamente a cuanto suele pedírsele, no le es necesaria la imaginación sino la atención. Solicitamos del juez una cosa justa usando un término equivocado, cuando solicitamos de él que use “de la imaginación”. ¿Qué sería, en este caso, la imaginación sino arbitrariedad inevitable, violencia a la realidad de las cosas? Justicia es una atención ferviente, enteramente no-violenta, igualmente distante de la apariencia y del mito.
“Justicia, ojo de oro, mira”. Imagen de perfecta inmovilidad, perfectamente atenta.

También la poesía es atención: lectura en múltiples planos de la realidad circundante, que es verdad en figuras. Y el poeta, que disuelve y recompone estas figuras, es así también un mediador: entre el hombre y Dios, entre el hombre y otro hombre, entre el hombre y las leyes secretas de la naturaleza.
Los griegos fueron seres desdeñosos de la imaginación: la fantasmagoría no encontró lugar en su espíritu: su atención heroica, inconmovible (de la que el ejemplo más cumplido es quizás Sófocles), establecía de continuo relaciones, separaba y unía de continuo, en un esfuerzo incesante por descifrar la realidad y también el misterio. Los chinos actuaron de la misma manera en el maravilloso “Libro de las Mutaciones”. Dante no es, por extraño que pueda sonar, un poeta de la imaginación sino de la atención: ver almas retorciéndose en el fuego o en el olivo —para no recordar sino la imagen más inmediata— es una suprema forma de atención que deja puros e incontaminados los elementos de la idea. El arte de hoy es en grandísima parte imaginación, o sea: contaminación caótica de elementos y de planos. Todo ello se opone a la justicia (que por supuesto, no interesa al arte de hoy).
Pues si la atención es espera, aceptación ferviente, valerosa de lo real, la imaginación es impaciencia, fuga en lo arbitrario: eterno laberinto sin hilo de Ariadna. Por ello el arte antiguo es sintético; el arte moderno, analítico: un arte que opera por pura descomposición, como conviene a un tiempo nutrido de terror. Porque la verdadera atención no conduce, como podría parecer, al análisis, sino a la síntesis que la resuelve, al símbolo y a la figura, en una palabra: al destino. El análisis se convierte en destino cuando la atención, cumpliendo una superposición perfecta de tiempos y de espacios, los recompone paso a paso, en belleza, en figura. Es la atención de la memoria en Marcel Proust.

La atención es el único camino de lo inexpresable, la sola vía del misterio, ya que está inmediatamente vinculada con lo real: y sólo por alusiones emboscadas en lo real se manifiesta el misterio. Los símbolos contenidos en las historias sagradas, en los mitos y en las fábulas que durante milenios han alimentado y consagrado la vida, se revisten de las formas más concretas de esta tierra: de la Zarza Ardiente hasta el Grillo Parlante (del Fruto del Conocimiento hasta la calabaza de la Cenicienta).
Ante la realidad, la imaginación retrocede. La atención la penetra, directamente y como símbolo. (Pensemos en los cielos de Dante, divina y minuciosa traducción de una liturgia.) Es esa, al fin, la forma más legítima, absoluta de la imaginación: la misma a que se refiere sin duda el viejo texto de Alquimia cuando recomienda dedicar a la obra la verdadera imaginación y no la fantástica: Significando así claramente por ella la atención —en la que está contenida la imaginación, sublimada, como el veneno en la medicina. Por uno de los tantos equívocos del lenguaje, se la llama comúnmente “fantasía creadora”.
Poco importa si a ese momento, en que se cumple la alquimia de la perfecta atención, conducen largas y dolorosas peregrinaciones o si aparece como una fulguración. Tales relámpagos no son sino aquella chispa, de origen y naturaleza cada vez más misteriosa, en la medida en que se le ofrece la clave de todo, que la atención solicita y prepara —como el pararrayos al rayo, como la plegaria al milagro, como la búsqueda de la rima a la inspiración que puede brotar de esa rima. A veces, se trata de la atención de toda una estirpe, de toda una genealogía, que se enciende de improviso en la centella de un dios: “Io posi li piedi in quella parte della vita di là dalla quale non si puote ire più per desiderio di ritornare”.
Y a ese individuo dotado de una atención que así concluye y rapta, el mundo lo define —con una bella síntesis— como un genio, para señalar al que está habitado por un “daimon”; que encarna la manifestación de un espíritu ignoto.

Como el genio de la botella, la atención de la imagen libera la idea y de la idea recoge la imagen, también a semejanza de los alquimistas que trataban la sal disolviéndola en un líquido y estudiando luego cómo se adensaban y rehacían las figuras así formadas. Opera una descomposición y recomposición del mundo en dos planos diversos, igualmente reales. Cumple así la justicia, el destino: esa dramática disolución y recomposición de una forma.
La expresión, la poesía así nacida no puede ser, evidentemente, sino jeroglífica, como una nueva naturaleza; y sólo una nueva atención, un nuevo destino la puede descifrar. Pero la palabra revela al instante de qué potencia de atención han nacido. Lo revela con la integridad de su peso, terrestre y ultraterrestre, tanto más respetado, tanto más circundado de silencio y de espacio, cuanto más intenso haya sido el tiempo de la atención.
Toda palabra se da según la multiplicidad de sus secretos significados, semejantes a los estratos de una columna geológica, cada uno coloreado y poblado diversamente; multiplicidad que está en relación directa con la del espíritu —el destino— que la acoge y descifra. Mas, para todos, cuando es pura, es portadora de un don colmado, parcial y total a la vez: belleza y significación, independientes y al mismo tiempo inseparables, como en una comunión. Como en aquella primera que fue la multiplicación de los panes y de los peces. La palabra del maestro, dice un cuento hebraico, se le aparecía a cada uno como un secreto destinado a su oído y a ningún otro, y así cada cual oía como suya y completa la historia que él narraba en las plazas y de la que el recién llegado no escuchaba más que un fragmento.

Todo ello, de una parte y de otra, significa sufrimiento y amor. « Souffrir pour quelque chose c’est lui avoir accordé une attention extrême. » (Homero sufre por los troyanos, contempla la muerte de Héctor. El maestro de espada japonés no distingue entre su propia muerte y la de su adversario.) Y haber acordado a una cosa una atención extrema es haber aceptado sufrirla hasta el fin. Y no sólo sufrirla a ella, sino sufrir por ella, colocándose como una pantalla entre ella y todo lo que pueda amenazar su significado, en nosotros y fuera de nosotros: haber asumido valerosamente el peso de estas oscuras e incesantes amenazas.
En este punto la atención alcanza quizás su forma más pura, su nombre más exacto: la responsabilidad, la capacidad de responder por algo o alguien que nutre en igual medida el entendimiento entre los seres, el nacimiento de la poesía y la oposición al mal. Pues, en verdad, todo error humano, poético y espiritual, no es, en esencia, sino desatención.
Pedirle a un ser humano que no se distraiga en ningún momento, que se sustraiga sin descanso al equívoco de la imaginación, a la inercia de la costumbre, al hipnotismo del hábito su facultad de atender, es pedirle que actualice al máximo su forma.
Es pedirle algo que se acerca a la santidad, en una época que parece perseguir solamente —con ciega furia y escalofriante éxito— el divorcio total de la mente humana de su propia facultad de atender.
Traducción de MARÍA ZAMBRANO
Revista Sur nº 271, julio y agosto de 1961

sábado, 13 de mayo de 2023

Giorgio Agamben sobre Paul Celan

En 1961, en ocasión de una encuesta del librero Flinker de París sobre el problema del bilingüismo, Paul Celan respondió lo siguiente:

            No creo en el bilingüismo en poesía. Una lengua doble, sí, existe, incluso en muchas         obras de arte contemporáneo, especialmente en aquellas que saben ponerse de acuerdo         convenientemente con el consumo cultural de turno, tanto políglota como polícromo. La         poesía es la unicidad destinal [destinale] del lenguaje. No, por lo tanto, –permítaseme esta         verdad banal, hoy que la poesía, como la verdad, se esfuma a menudo en la banalidad,         no, por lo tanto, la duplicidad.

En un poeta judío de lengua alemana, nacido y criado en una región, la Bucovina, donde se hablan corrientemente, además del yidish, al menos cuatro lenguas, esta respuesta no podía haber sido dada a la ligera. Cuando, apenas terminada la guerra, en Bucarest, sus amigos, con el objeto de convencerlo en transformarse en un poeta rumano (se conservan, de este período, sus poesías escritas en rumano), le recordaban que no habría debido escribir en la lengua de los asesinos de sus padres, muertos en un campo de concentración nazi, Celan respondía simplemente: “Sólo en la lengua materna se puede decir la verdad. En una lengua extranjera, el poeta miente”.

¿Qué clase de experiencia de la unicidad de la lengua se ponía en cuestión aquí según el poeta? No simplemente, por cierto, la de un monolingüismo que usa a la lengua materna excluyendo a las otras, pero en el mismo plano que éstas. Más bien, es pertinente aquí esa experiencia que Dante tenía en mente cuando escribía, sobre el hablar materno, que éste “uno e solo è prima ne la mente”. Hay, en efecto, una experiencia de la lengua que presupone siempre palabras –es decir, en la que hablamos como si tuviésemos siempre palabras para la palabra, como si tuviésemos siempre una lengua incluso antes de tenerla (la lengua, que entonces hablamos no es nunca única, sino siempre doble, triple, presa de la fuga infinita de los metalenguajes); y existe otra experiencia, en la que el hombre se encuentra, por el contrario, absolutamente sin palabras frente al lenguaje. La lengua para la cual no tenemos palabras, que no finge como lengua gramática ser incluso antes de ser, sino que “è sola prima in tutta la mente” es nuestra lengua, es decir la lengua de la poesía.

Por ello Dante no buscaba en De vulgari eloquentia esta o aquella lengua materna elegida entre la selva dialectal de la península, sino sólo aquel vulgar ilustre que, expandiendo su perfume en cada una, no coincidía con ninguna; por ello, los provenzales conocían un género poético –el desacuerdo (descort) que certificaba la realidad de la lengua remota sólo en el babélico decir de los múltiples idiomas. La lengua única no es una lengua. Lo único, en el que los hombres participan como en la única verdad materna posible, es decir, común, está siempre dividido: en el momento en el que alcanzan la última palabra, ellos deben tomar partido, elegir una lengua. Del mismo modo, nosotros podemos, hablando, decir sólo alguna cosa –no podemos decir únicamente la verdad, no podemos decir solamente que decimos.

Pero que el encuentro con esta única lengua, dividida e imperceptible, constituya, en este sentido, un destino, implica admitir que sólo en un momento de debilidad el poeta se ha dejado arrancar. ¿Cómo podría, en efecto, haber un destino, allí donde no hay todavía palabras significantes, allí donde no hay todavía identidad en la lengua? ¿Y en quién tendría lugar el destino si, en ese punto, todavía no somos hablantes? Nunca tan intacto, lejano y sin experiencia es el infante como cuando, en el nombre, está sin palabras frente a la lengua. El destino concierne solamente a la lengua que, frente a la infancia del mundo, jura poder encontrarla, jura tener alguna cosa que decir de ella y sobre ella, desde siempre, además del nombre. 

Esta vana promesa de un sentido de la lengua es su destino, es decir, su gramática y su tradición. El infante que, piadosamente, recoge esa promesa y, aun mostrando la vanidad de ésta, decide, con todo, la verdad, decide acordarse de ese vacío y llenarlo, es el poeta. Pero, en ese punto, la lengua está delante de él tan sola y abandonada a sí misma, que no se impone ya de ninguna manera –más bien (son todavía palabras, tardías, del poeta) se expone, absolutamente. La vanidad de las palabras ha alcanzado aquí verdaderamente la altura del corazón.



Giorgio Agamben, Idea della prosa
Macerata, Quodlibet, 2002, págs. 29-31
Trad. Diego Bentivegna

viernes, 12 de mayo de 2023

Agamben, ¿A quién se dirige la poesía?

 El filósofo italiano Giorgio Agamben se ha dedicado a la poesía en distintos momentos de su obra. Gustavo Osorio de Ita traduce y nos acerca a uno de esos textos: ¿A quién se dirige la poesía? Se trata de una formulación que pone sobre la mesa un par de cuestiones centrales: ¿quién escribe poemas y cómo? ¿Quién lee poesía y cómo es leída?

 

 

 

 

 

¿A quién se dirige la poesía?

 

Solo es posible responder a esta pregunta si se entiende que el destinatario de un poema no es una persona real sino una exigencia.

Una exigencia no coincide con ninguna de las categorías modales con las que estamos familiarizados; el objeto de una exigencia no es ni necesario ni contingente, ni posible ni imposible.

En cambio, se puede decir que una cosa ‘exige’ o demanda otra cuando, si lo primero es, lo otro también lo será, sin que lo primero implique lógicamente lo segundo o lo obligue a existir en el campo de los hechos. Una exigencia es, simplemente, más allá de toda necesidad y posibilidad. Como una promesa que solo puede cumplir el que la recibe.

Benjamin alguna vez escribió que la vida del Príncipe Myshkin exigía permanecer inolvidable, incluso si todos la olvidan. Del mismo modo, un poema exige ser leído, incluso si nadie lo lee.

Esto también se puede expresarse diciendo que, en la medida en que exige ser leída, la poesía debe permanecer ilegible. Propiamente hablando, no hay lector de poesía.

Esto es quizás lo que César Vallejo tenía en mente cuando, al definir la intención final y la dedicatoria de toda su poesía, no encontró más palabras que por el analfabeto a quien escribo. Vale la pena considerar la formulación aparentemente redundante, “es a los iletrados a quienes les escribo”. Aquí por significa menos “para” que “en lugar de”, tal como Primo Levi dijo que dio testimonio de –es decir, “en lugar de”– aquellos llamados Muselmänner en la jerga de Auschwitz, quienes en ningún caso podrían haber dado testimonio alguno. El verdadero destinatario de la poesía es el que no está en posición de leerla. Pero esto también significa que el libro, que está destinado a quien no puede leerlo –el iletrado– ha sido escrito por una mano que, en cierto sentido, no sabe cómo escribir, una mano iletrada. La poesía es lo que devuelve toda la escritura a la ilegibilidad de donde proviene y hacia la cual continua permanentemente en ruta.




 

 

 

Bollack sobre Celan

 

“La poesía de Celan no sale nunca de su propio elemento; permanece confiada en su dominio, el lenguaje. Todos los poemas tienen por objeto, casi exclusivamente, las palabras que lo componen. La poesía no puede, sin alienarse, dejarse arrastrar hacia otro objeto exterior a ella; saca su fuerza crítica de esa auto-reflexividad del examen de los medios que emplea, de ese constante volver sobre sí misma y de ahí extrae su carácter experimental que sitúa al poeta en la posición de un observador de sus propias producciones, en el espacio creado por la lengua del poema” (J. Bollack, Poesía contra poesía. Celan y la literatura, Madrid, Trotta, 2005).



"El acto poético fundador de Celan consistió en ponerse en contra de una tradición cultural. No podemos saber qué hubiera ocurrido con esa actitud de no existir los campos de exterminio. Vivió el ascenso del nazismo en el momento en que estaba leyendo a Rilke, y entró de lleno en Rilke para ponerlo en contra de sí mismo. No podemos hacernos la pregunta de Adorno. Celan no lo apreciaba y lo consideraba cómplice de muchas cosas. La poesía no podía hacer otra cosa que mostrar la parte de responsabilidad de la poesía en el exterminio. Para Celan, la positividad de la poesía había intervenido en ese acontecimiento, desde Lutero hasta Rilke, al igual que las iglesias; y tenían su parte de responsabilidad Goethe, Hofmannsthal, Hölderlin, sin exceptuar a nadie; la acusación iba dirigida contra cualquier poesía falsamente positiva; todo lo que Heidegger comentó en sus ensayos sobre poesía había participado, según él, en las condiciones que hicieron posible el acontecimiento. La única manera que tenía de decirlo era escribir con las palabras de estos autores utilizándolas como armas contra ellos mismos. “Pensar a Mallarmé (…) hasta sus últimas consecuencias”, tal como dice El meridiano, significaba para él rehacer una lengua que expresara la monstruosidad inherente a la lengua "(Bollack, op. cit.).

martes, 9 de mayo de 2023

Salvatore Quasímodo - Y de pronto es noche

 

Ognuno sta solo sul cuor della terra

traffito di un raggio di sole:

ed è subito sera.

 


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra

cruzado por un rayo de sol:

y de pronto es noche.



Ed é subito sera, Milán-Verona, Mondadori, 1942.



Giuseppe Ungaretti - Hermanos - Soldados - Varias versiones

 

Giuseppe Ungaretti – “Soldado” / “Hermanos”

 

  1. Versión de La Alegría, Milán, Mondadori, 1942

Fratelli:

Mariano, 15 luglio 1916

 

Di che reggimento siete
fratelli?


Parola tremante
nella notte


Foglia appena nata


Nell'aria spasimante
involontaria rivolta
dell'uomo presente alla sua
fragilità


Fratelli

 

Hermanos

 

Mariano, 15 de julio de 1916

 

De qué regimiento son

hermanos?

 

Palabra temblorosa

en la noche

 

Hoja apenas nacida

 

En el aire anhelante

involuntaria revuelta

del hombre presente en su

fragilidad

 

Hermanos

 

II. Versión de Il porto sepolto, 1916

Soldato

 

Di che reggimento siete
fratelli

Fratello
tremante parola
nella notte
come una fogliolina
appena nata


saluto

accorato
nell’aria spasimante
implorazione
sussurrata
di soccorso
all’uomo presente alla sua
fragilità

Mariano, il 15 luglio 1916

 

Soldado

De qué regimiento son

hermanos

 

Hermano

temblorosa palabra

en la noche

como una hojita

apenas nacida

 

saludo

apremiado

en el aire anhelante

imploración

susurrada

de socorro

al hombre presente en su

fragilidad

Mariano, 15 de julio de 1916

 

II. Soldados

  1. Versión de La Alegría (Milán, Mondadori, 1942)

Soldati

Bosco de Courton luglio 1918

Si sta come

d´autunno

sugli alberi

le foglie

 

 

Soldados

Bosque de Courton julio de 1918

 

Se está como

en otoño

sobre los árboles

las hojas

 

  1. Versión en Allegria dei naufragi, de 1919.

 

Militares

Bosque de Courton julio de 1918

 

Se está

como en otoño

sobre los árboles

las hojas

 

2. Versión en Derniers Jours, 1919.

Militaires

  nous sommes tels qu´en auttomne sur l´arbre la feuille


Militares

Estamos como en otoño sobre el árbol la hoja.


Versiones: D. B.


 

miércoles, 3 de mayo de 2023

Eugenio Montale - Dora Markus (Las ocasiones, 1939)

 Eugenio Montale, "Dora Markus"

I
Fue donde el puente de madera
lleva en Puerto Corsini a la alta mar
y raros hombres, casi inmóviles, hunden
o recogen las redes. Con un signo
de la mano señalabas en la otra orilla
invisible tu patria verdadera.
Después, seguimos el canal hasta la dársena
de la ciudad, brillante de hollín,
en la bajada donde se hundía
una primavera inerte, sin memoria.

Y aquí donde una antigua vida
se tiñe en una dulce
ansiedad de Oriente,
tus palabras se coloreaban como las escamas
de la trilla moribunda.

Esa inquietud tuya me hace pensar
en los pájaros migrantes que chocan con los faros
en las tardes tormentosas:
es también una tormenta esa dulzura tuya,
se arremolina y no aparece,
y sus descansos son también más raros.
No sé cómo extenuada resistes
en este lago
de indiferencia que es tu corazón; tal vez
te salva un amuleto que conservas
cerca de tu lápiz para el labio,
del plumón, de la lima: un ratón blanco,
de marfil, y así tú existes.

II

Ahora en tu Carintia
de mirtos florecidos y de estanques,
reclinada en la orilla vigilas
la carpa que pica tímida
o sigues en los tilos, entre erguidos
pináculos, los resplandores
de la tarde y en las aguas una llamarada
de cortinas de escalas y pensiones.

La tarde que se expande
sobre la húmeda cuenca no trae
con el palpitar de los motores
más que gemidos de ocas y un interior
de níveas mayólicas dice
al espejo ennegrecido que te vio
diferente una historia de errores
imperturbables y la grava
donde la esponja no llega.

¡Tu leyenda, Dora!
Pero ella está escrita ya en esas miradas
de hombres que tienen patillas
altaneras y débiles en grandes
retratos de oro y regresa
a cada acorde que expresa
la armónica arruinada en la hora
que oscurece, cada vez más tarde.

Está escrita allá. El siempreverde
laurel para la cocina
resiste, la voz no cambia,
Ravenna está lejos, destila
veneno una fe feroz.
¿Qué quiere de ti? No se entrega
voz, leyenda o destino.
Pero es tarde. Cada vez más tarde.

Versión: D. B.
I
Fu dove il ponte di legno
mette a Porto Corsini sul mare alto
e rari uomini, quasi immoti, affondano
o salpano le reti. Con un segno
della mano additavi all'altra sponda
invisibile la tua patria vera.
Poi seguimmo il canale fino alla darsena
della città, lucida di fuliggine,
nella bassura dove s'affondava
una primavera inerte, senza memoria.
E qui dove un'antica vita
si screzia in una dolce
ansietà d'Oriente,
le tue parole iridavano come le scaglie
della triglia moribonda.
La tua irrequietudine mi fa pensare
agli uccelli di passo che urtano ai fari
nelle sere tempestose:
è una tempesta anche la tua dolcezza,
turbina e non appare,
e i suoi riposi sono anche più rari.
Non so come stremata tu resisti
in questo lago
d'indifferenza ch'è il tuo cuore; forse
ti salva un amuleto che tu tieni
vicino alla matita delle labbra,
al piumino, alla lima: un topo bianco
d'avorio; e così esisti!
II
Ormai nella tua Carinzia
di mirti fioriti e di stagni,
china sul bordo sorvegli
la carpa che timida abbocca
o segui sui tigli, tra gl'irti
pinnacoli le accensioni
del vespro e nell'acque un avvampo
di tende da scali e pensioni.
La sera che si protende
sull'umida conca non porta
col palpito dei motori
che gemiti d'oche e un interno
di nivee maioliche dice
allo specchio annerito che ti vide
diversa una storia di errori
imperturbati e la incide
dove la spugna non giunge.
La tua leggenda, Dora!
Ma è scritta già in quegli sguardi
di uomini che hanno fedine
altere e deboli in grandi
ritratti d'oro e ritorna
ad ogni accordo che esprime
l'armonica guasta nell'ora
che abbuia, sempre più tardi.
È scritta là. Il sempreverde
alloro per la cucina
resiste, la voce non muta,
Ravenna è lontana, distilla
veleno una fede feroce.
Che vuole da te? Non si cede
voce, leggenda o destino...
Ma è tardi, sempre più tardi.
[Le occasioni, Einaudi, Torino, 1939]