viernes, 10 de junio de 2011

Diario El litoral, de Santa Fe. Reseña de El poder de la letra.

Publicaciones

“El poder de la letra”

Juan Mantovani, uno de los autores estudiados en el libro de Diego Bentivegna. Foto: Archivo El Litoral
Diego Bentivegna, en El poder de la letra, que acaba de publicar la Editorial Universitaria de La Plata (Unipe), estudia en cuatro textos algunos momentos en que el humanismo integral de Estado se concibió en el Río de la Plata. Manuales, planes de estudio, leyes de educación, estudios literarios en los que se perfila la guía, el encauzamiento y el ascenso al destino venturoso y virtuoso de una nación a través de una instancia cultural civilizadora, en la cual la literatura y la lectura ocupan un lugar central. “En el siglo XIX, a través de la constitución de los estados nacionales y de la consiguiente expansión del sistema educativo, el humanismo es percibido como un modo de intervención política concreta en el cuerpo social. Es el siglo del Liceo, de la Escuela Normal, del Bachillerato, del Gimnasio. Es el siglo, en pocas palabras, ‘del humanismo de Estado’, un humanismo burgués, pedagógico, y, hasta cierto punto, cosmopolita, fundamentado en la confianza en los clásicos y en la validez universal de las lecturas nacionales”.

Consecuente con esta premisa, el primer texto repasa la historia y los fundamentos del Manual de enseñanza moral para las escuelas primarias del Estado Oriental, que Esteban Echeverría escribe durante su exilio en Uruguay y que se publica en 1846, y con el que se propone la regeneración y transformación gradual de la ciudadanía de un país. Ese manual que Juan María Gutiérrez calificará como “el más precioso, efectivo y elocuente tratadito, el libro más adecuado para sembrar en las conciencias tiernas las semillas del bien y el germen de las virtudes viriles y sólidas de que rebosaba el alma de su autor, de quien pudo decirse que tenía el corazón en los labios”.

En el segundo texto, Bentivegna analiza a tres profesores y funcionarios preocupados por la constitución de una identidad nacional a partir de una acción en distintos ámbitos del Estado: Calixto Oyuela, Joaquín V. González y Ricardo Rojas. Especialmente centra la atención en la forma en la que conciben las relaciones entre el “pueblo” y la producción literaria.

El tercer estudio se ocupa el humanismo, la lectura y la comunidad nacional en dos pedagogos espiritualista, Juan E. Cassani y Juan Mantovani, ambos nacidos en 1896 en la “pampa gringa” (Cassani en Lincoln, provincia de Buenos Aires; Mantovani en San Justo, provincia de Santa Fe).

El texto final analiza los textos en los cuales los filólogos españoles Amado Alonso y Américo Castro

dan a conocer, entre 1935 y 1943 estudios lingüísticos y literarios que tratan el “caso argentino”, sosteniendo la unidad y homogeneización de las prácticas lingüísticas como base indeclinable para la unidad cultural hispanoamericana.

miércoles, 1 de junio de 2011

Bustos : la identificación de los restos

INSTITUCIONES DE ESTUDIOS HISTORICOS DE SANTA FE
PIDEN PRECISIONES SOBRE EL SUPUESTO HALLAZGO DE LOS RESTOS DEL
BRIGADIER GENERAL JUAN BAUTISTA BUSTOS

Ante la información publicada en los medios de prensa sobre las exploraciones arqueológicas realizadas en el templo de Santo Domingo de la ciudad de Santa Fe que habrían dado por resultado el hallazgo de unos restos óseos que habrían sido reconocidos como pertenecientes al exgobernador de Córdoba, Brigadier General Juan Bautista Bustos, las autoridades de la Junta Provincial de Estudios Históricos de Santa Fe, el Archivo General de la Provincia, el Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales y el Museo Histórico Provincial “Brig. Gral. Estanislao López”, solicitan que, antes de anticiparse a sacar conclusiones que pudieran llevar a cometer un error lamentable y a llevarse a la provincia de Córdoba los restos de alguien que bien pudo ser un vecino santafesino de los muchos que se sepultaron dentro y fuera del primitivo templo dominico, se realicen las pruebas de ADN que estaban previstas.
Las mismas autoridades recuerdan que cuando fue sepultado el Brigadier Bustos en 1830, el templo dominico era otro, cuya disposición arquitectónica se desconoce. Que cuando fue construido el actual, a fines del siglo XIX, no se conservó la memoria de la localización aproximada de las personas sepultadas, entre ellas la del primer gobernador de Santa Fe, Don Francisco Antonio Candioti. Que por lo tanto no existe manera de identificar los lugares en que pudieron ser sepultados la mayoría de las personas que yacían en el templo.
Así fue que en 1972 se colocó una placa de mármol en las proximidades del altar para recordar que en este templo se encontraban sepultados los restos de Bustos, pero sin pretender indicar que el lugar de la placa coincidía con el de la sepultura del prócer.
Las instituciones de estudios históricos santafesinas hacen notar que la elección de cualquier punto para iniciar la búsqueda de cualquiera de las personas sepultadas bajo las losas del antiguo templo es antojadiza, aunque es lo más probable que toda excavación que se emprenda dé por resultado el hallazgo de restos óseos pertenecientes a una o a varias personas.
Si el equipo de arqueólogos y antropólogos que realizó la excavación tiene elementos para exhibir en respaldo de la identificación de los restos hallados debe darlos a conocer, fuera de la muy dudosa argumentación de las costillas mal soldadas.
Si es verdad que se descubrió una bóveda que habría alojado los restos de Bustos en mejores condiciones que una sepultura común, debe ser dada a conocer a otros especialistas.
Si existió un Protocolo para la Intervención que han observado los especialistas intervinientes: antropólogos y o arqueólogos, debe ser hecho público.
Si la Orden de Predicadores disponía de datos en sus archivos de Córdoba, o aun de la misma Santa Fe, que no han sido hecho públicos, sobre el lugar donde fueron sepultados los restos de Bustos, o sobre la antigua disposición arquitectónica del templo viejo, debió y debe comunicarlos, especialmente cuando la Junta de Estudios Históricos los solicitó expresamente en diciembre de 2009.
El argumento expuesto por los antropólogos sobre las características de lo restos hallados, que corresponderían a un hombre de 51 años que ha sufrido lesiones en las costillas no resulta excluyente de otras personas sepultadas en el lugar, como es el caso del exgobernador de la provincia de Santa Fe, Don Patricio Cullen, muerto violentamente en el combate de Los Cachos a los 51 años en 1877.
Se hace notar que la Junta de Estudios Históricos, en noviembre de 2009, produjo un dictamen en el que requería de las autoridades de la Provincia de Córdoba las mayores garantías y precisiones sobre los pasos a seguir y a la Orden de Predicadores toda la documentación disponible. Que como consecuencia recibió del Gobierno de Córdoba un informe de las exploraciones realizadas con detector de metales que mostraba señales confusas en diversas partes del templo a profundidades no mayores de 60 centímetros.
Que la referencia hecha por un funcionario del gobierno de la provincia de Córdoba a la participación del Dr. Leo W. Hillar Puxeddu en el proceso de investigación y búsqueda de los restos de Bustos resulta improcedente, ya que el citado historiador, miembro de la Junta de Santa Fe y expresidente de la misma, publicó diversos artículos y notas en los que expresaba la imposibilidad de localización de la tumba del Brigadier Bustos, como el aparecido en “ La Voz del Interior “, de Córdoba el 4 de Abril 1976 en el que con precisión, se propone poner punto final a la cuestión del lugar de sepultura de los restos de Bustos.
Frente a lo expuesto, las autoridades de las instituciones firmantes, ponen en tela de juicio la filiación atribuida a los restos exhumados en el presbiterio del Templo de Santo Domingo de la ciudad de Santa Fe, y alertan a la población de las provincias de Santa Fe y de Córdoba sobre el grave e injustificable error que podría significar el traslado de unos restos anónimos para ser honrados en la catedral de Córdoba como pertenecientes al Brigadier General Juan Bautistas Bustos.
Consecuentemente piden la realización del correspondiente ADN y la suspensión del traslado de los restos hasta obtener los resultados.
Del mismo modo advierte que la ley de 1975 que autoriza el traslado de los restos de Bustos es aplicable solamente en el caso de que, efectivamente, esté probado que los restos humanos que se pretende sacar de la provincia correspondan al citado prócer argentino, cosa que está lejos de haberse concretado.


Firman:

Lic. Liliana Montenegro de Arévalo
Vicepresidente - Junta Prov. de Estudios Históricos.

Lic. Pascualina Di Biasio
Directora – Archivo General de la Provincia de Santa Fe

Arq. Luis María Calvo
Director – Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales

Prof. Alicia Talsky
Directora – Museo Histórico Provincial “Brig. Gral. Estanislao López”.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Mayo poético

Como era fiesta el día de la patria,

y en mi sierra se nublan casi todas

las mañanas de mayo, el veinticinco,

nuestra madre salía a buena hora

de paseo campestre con nosotros

a buscar por las breñas más recónditas

el panal montaraz que ya el otoño

azucaraba en madurez preciosa.



Leopoldo Lugones, "Oda a los ganados y a las mieses"

martes, 24 de mayo de 2011

Las cenizas de Pasolini,

Por Guillermo Saccomanno, en Radar libros.

"Traductor y prologuista de La Divina Mímesis, Diego Bentivegna señala que junto a Contini, los años 50 son para Pasolini los del magisterio intelectual de Erich Auerbach, de cuya obra extrae el concepto de mímesis, entendido en un sentido peculiarmente atento a sus dimensiones lingüísticas. Para leer La Divina Mímesis es importante recordar que, en el recorrido crítico de Auerbach, Dante ocupa un lugar de bisagra en la literatura occidental. La escritura pasoliniana acá representa un momento de plenitud del proyecto mimético en el que se conjugan lo sacro y lo profano, lo ridículo y lo sublime, lo frívolo y lo teológico. Anterior a La Divina Mímesis, el fervor dantesco de Pasolini se puede remontar a un ensayo de 1965: La voluntad de Dante de ser poeta (recopilado en el imprescindible Empirismo herético, traducido y anotado por Esteban Nicotra), donde se planteaba la trascendencia de la operación lingüística de Dante: correrse del latín, escribir su Commedia en lengua toscana, es decir, toda una actitud política al apartarse de una lengua culta hegemónica adoptando una plebeya. Esta estrategia pasoliniana de retornar a Dante, era una resignificación que desafiaba a “cierta crítica marxista italiana” a volver a los orígenes de la lengua si quería discernir una poesía cuestionadora de una adocenada. Casi redundante señalarlo: para Pasolini Dante representa el creador total que marca el pasaje de la Edad Media al Renacimiento, el ideólogo que articula teorías políticas, que no perdona a los tibios que no toman partido, el poeta que noveliza su concepción del mundo apelando a los sublenguajes populares..." Sigue aquí.

lunes, 23 de mayo de 2011

La máquina católica, por Daniel Link

publicado en el diario Perfil de Buenos Aires, 22 de mayo de 2011.

El catedrático y escritor continúa la serie en la que rescata figuras olvidadas de las letras nacionales. En este ensayo, recupera la obra del jesuita Leonardo Castellani (1899-1981), hasta hace poco tiempo ignorado por la crítica, pese a que su obra merece un lugar de privilegio junto a la de Jorge Luis Borges y Roberto Arlt en la literatura argentina del siglo XX.

Por Daniel Link

21/05/11 - 11:33


Variado. Escribió relatos policiales, sátira, crítica literaria, comentarios bíblicos y ensayos de pedagogía.

Esa mañana, el padre revisó su sotana cuidadosamente. Había encargado que se la plancharan con apresto porque suponía que tendría que posar para las cámaras, antes o después del almuerzo en cuya lista de invitados había entrado casi por carambola (“divina”, le gustaba decir ante sus amigos), pero del que decidió participar porque estaba íntimamente convencido de su derecho a integrar esa acotadísima nómina de representantes de las Letras Argentinas.

Mayo de 1976 había empezado por todo lo alto: el domingo 9, el presidente se había encontrado con científicos de renombre (hubo incluso algún Nobel). Días después, con ex cancilleres, y el 17 de mayo con las nuevas autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina, que dos días antes había difundido la Carta Pastoral Anual que subrayaba el necesario espíritu de comprensión para con las dificultades de la “nueva etapa”.

Aunque el padre Leonardo Castellani no se llevaba bien ni con los miembros salientes de la Comisión, ni con los nuevos, su nombre fue sugerido por ese cónclave como uno de los más prestigiosos que la “literatura católica” podía acercar a esa mesa, servida el miércoles 19 de mayo de 1976 en la Casa de Gobierno para “conversar abierta, francamente, de los problemas que atañen a la cultura en relación con la situación del país”, tal como el secretario general de la Presidencia, general José Villarreal, se encargó de promocionar en los diarios durante los días previos.

Retrospectivamente, más le valdría no haberlo hecho, porque dos de los invitados, por esos anticipos, comenzaron a ser impiadosamente acosados para que presentaran ciertos reclamos ante el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. La comisión directiva de la SADE –que había ganado las elecciones internas gracias a sus aliados del PC– presionó a su presidente, Horacio Ratti (invitado junto con Jorge Borges, Ernesto Sabato y Leonardo Castellani) para que entregara, además de una serie de reivindicaciones sectoriales, una lista con nombres de escritores desaparecidos o presos desde marzo (Haroldo Conti, Alberto Costa, Roberto Santoro, Antonio Di Benedetto, entre otros). Aunque Ratti quiso negarse a semejante encomienda, debió acatar la decisión de sus sádicos colegas.

Castellani, por su parte, había recibido la visita de “una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, [le] había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti”, secuestrado en su casa el 4 de mayo. (“Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me importaba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momentos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país”, declaró dos meses después Castellani a la revista Crisis.)

Pese a los informales hábeas corpus, el almuerzo fue tranquilo, y la tenacidad de los historiadores nos ha regalado con exactitud el curso del servicio (budín de verduras, ravioles con salsita de tomates, ensalada de frutas), la satisfacción de los comensales y las trivialidades de los intercambios conversacionales en ese momento crítico: los problemas de la vista, la baja calidad de la comida norteamericana, la necesidad de un consejo de notables para la regulación de los medios masivos, el descuido del idioma... Sobre ese almuerzo, que pudo haber cambiado la historia del país, se sabe todo. Algunos de sus participantes, sin embargo, han permanecido en un injusto olvido que el paso de los años apenas si comienza a torcer.

Se podría decir que a Horacio Ratti se lo tragó la tierra o la burocracia (con justicia). Pero la novelesca vida del “furibundo jesuita” Leonardo Castellani (Reconquista, Santa Fe: 16 de noviembre de 1899 – † Buenos Aires, 15 de marzo de 1981) habría merecido una película en cualquier país menos atónito ante los dictados del canon universitario, la pereza crítica y el negocio del libro.

Su obra, vastísima e inconmensurable (de mayor alcance que la de Borges, menos nihilista que la de Sabato, de mayor plasticidad que la de Arlt: cuentos costumbristas, comentarios bíblicos, crítica literaria, parábolas camperas, relatos policiales, historias fantásticas, ensayos de pedagogía, la sátira en la revista Jauja, que fundó, y hasta una traducción anotada de la Suma Teológica del Doctor de Aquino), domina el siglo XX con un brillo que recién ahora comienza a percibirse.

En un reciente y heroico libro (Castellani crítico. Ensayo sobre la guerra discursiva y la palabra transfigurada, Buenos Aires, Cabiria, 2010), Diego Bentivegna se deja iluminar por las incandescentes proporciones de esa obra, sobre todo en lo que se refiere al jesuita como un teórico de la lectura (entendida en todas sus implicaciones prácticas: la crítica, la pedagogía, la interpretación de los textos sagrados, etc...).

Si bien Las nueve muertes del padre Metri (1942) fue considerado por Rodolfo Walsh como el mejor libro de relatos policiales escrito en nuestro país, Bentivegna va mucho más allá y recusa las corrientes hegemónicas de la crítica, cuya miopía le ha impedido situar su producción en el lugar que le corresponde. Castellani, en la perspectiva de Bentivegna, se coloca a igual distancia del elitismo de Borges y de las máquinas modernas de Arlt y Bioy Casares (tal y como Beatriz Sarlo las definiera alguna vez) y sin la noción de “palabra transfigurada” de quien dedicó su extraordinaria capacidad intelectual, entre otras cosas, a la traducción del Apocalipsis de Juan de Patmos y a los arrebatos nacionalistas, el panorama cultural de la modernidad argentina está incompleto. Bentivegna lee en Castellani una “utopía de la heteroglosia”. La hipótesis es fundamental para evaluar su peculiar nacionalismo pero, sobre todo, para enfrentar todas las fantasías concentracionarias del monolingüismo y el discurso único, respecto de los cuales nos sentimos hoy tan acorralados.

El lenguaje roto de Castellani (que toma piezas de la lengua culta, del cocoliche inmigratorio, de las lenguas clásicas y las jergas populares) se alza contra toda pretensión de pensar la literatura como cosa del espíritu (ningún afán vanguardista lo guía) y señala en la dirección del “arte encarnado” propio del cristianismo: una “palabra transfigurada” que es “una afirmación de la materia, del carácter corporal del acto estético”.

Católico, Castellani no puede sino sostener los universales, pero su religio, como nos ha recordado Giorgio Agamben, tal vez provenga antes del relegare que del religare: no se trata de religar los vínculos plenos de los universales, sino de relegar todo reduccionismo abstracto: en esa tensión se sostienen las formas de vida, y en esos márgenes se deja leer lo que la literatura argentina (a través de sus obedientes acólitos) no quiere pensar sobre sí.

lunes, 16 de mayo de 2011

Conferencia sobre la obra de Leonardo Castellani

“Leonardo Castellani: canon y crítica” es el título de la conferencia que tendrá lugar el sábado a las 17 en el Museo Etnográfico.

De la Redacción de El Litoral

El sábado 21, a las 17, en el ámbito del Taller de Lectura del Ministerio de Innovación y Cultura, que funciona en el Museo Etnográfico, Diego Bentivegna dictará una conferencia sobre Leonardo Castellani: canon y crítica. La conferencia de Bentivegna, abierta a todo público se inscribe en las jornadas “Lecturas de otoño”, que reunirá este viernes y sábado a autores de distintas localidades, a partir de las 19, en el mencionado museo, en 25 de Mayo 1470.

Bentivegna es autor de Castellani crítico. Ensayo sobre la guerra discursiva y la palabra transfigurada (Ediciones Cabiria, 2010), que recorre la producción crítica de Leonardo Castellani a partir de algunos grandes núcleos: la cuestión de la polémica y de la guerra discursiva, la relación entre crítica, exegética y lectura; el problema del fariseísmo; el lugar del concepto evangélico de transfiguración para pensar la dimensión político-teológica de las intervenciones de Castellani. Como escribió Cecilia Romana en nuestras páginas de Artes & Letras, resulta “un libro esencial para ubicar a nuestro autor [Castellani] en tiempo y espacio, y confrontarlo con sus contemporáneos, los mismos que lo alabaron o defenestraron, según la época y el momento político que atravesaba el país”.

La obra de Leonardo Castellani es una de las más prolíficas de la literatura argentina; es, al mismo tiempo, y paradójicamente, una de las menos transitadas por los estudios académicos. Nacido en Reconquista, en pleno chaco santafesino, en 1899 (el mismo año que Borges) y fallecido en Buenos Aires en 1981, Castellani atraviesa el siglo XX argentino, con sus logros y sus contradicciones, sus pasiones y sus tragedias. Su obra permite revisar algunos de los grandes momentos que van constituyendo aquello que pensamos, siempre de manera problemática, como “cultura argentina”.

Castellani es cultor de una pluma filosa y, en ocasiones, hiriente, incluso, en relación con las instituciones eclesiásticas, dato no menor para entender su expulsión de la Orden Jesuita, en 1949, luego de dos largos años de residencia en la localidad catalana de Manresa, donde se replantea su lugar como escritor, como creyente y como sacerdote.

Sus textos críticos incluyen, en principio, intervenciones polémicas en torno a algunos componentes centrales de la literatura nacional, como sus contemporáneos Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada -con cuyas lecturas del Martín Fierro polemiza lúcidamente-, reseñas bibliográficas, prólogos, traducciones (como la de El señor del mundo, novela del ingles Hugh Benson, como Castellani, miembro de la orden jesuita). Incluyen, además, extensos artículos con autores hacia los que siente particular empatía, como Dante, Paul Claudel, Gilbert Chesterton. En la segunda parte de su vida, su universo ensayístico se puebla de personajes como el enorme filósofo danés Soren Kierkegaard, que, con su cristianismo absoluto y su lucha contra las versiones institucionalizadas de lo religioso, se transforma para Castellani en un referente obligado. Al filósofo de Copenhague dedica Castellani, en efecto, lo que tal vez constituye su libro ensayístico más potente: De Kierkegaard a Tomás de Aquino, publicado en 1973 por la editorial Guadalupe.

Castellani, además, se dedica con ahínco a la reflexión exegética en torno a los grandes textos de la tradición cristiana. Surgen de esta reflexión volúmenes como El Evangelio de Jesucristo -que recoge los artículos dominicales publicados en el diario La Tribuna de San Juan-, Las parábolas de Cristo y, fundamentalmente, los volúmenes dedicados a la problemática apocalíptica: Cristo, ¿vuelve o no vuelve? y El Apocalipsis de San Juan.

Cabe recordar que el jesuita santafesino es el creador de la saga de ficción policial centrada en la figura del padre Metri, un sacerdote italiano instalado en pleno chaco santafesino que resuelve, con una mezcla de tomismo y de saberes populares, una serie de casos de singular truculencia. Pero además Castellani transita, como autor literario, por una grandísima variedad de registros, de escrituras y de géneros, desde el relato de matiz regional, como el que cultiva en el volumen Historias del norte bravo, que recopila narraciones ambientadas en el amplio arco que va de los andes catamarqueños a las costas de los grandes ríos del Litoral, hasta la novela, en diferentes formatos y variedades. Así, encontramos novelas de anticipación, como Su majestad Dulcinea; novelas de matriz apocalíptica, pensadas como dispositivos ficcionales que despliegan complejas, y a veces aventuradas, exégesis de textos bíblicos (Los papeles de Benjamín Benavides) e, incluso, una nouvelle de misterio como El enigma del fantasma en coche, escrita durante la estadía de Castellani en la ciudad de Salta y donde experimenta con las variedades del castellano hablado en el noroeste argentino.

En síntesis, para retomar las palabras que escribe Hernán Benítez, otro gran intelectual jesuita argentino, la obra de Castellani, en su complejidad y en su variedad de estilos y géneros, constituye un “género único”: uno de los más potentes y problemáticos, sin duda, de la literatura argentina.

Diego Bentivegna es doctor en Letras por la UBA, donde se desempeña como docente en el área de Literaturas Comparadas. Ha publicado los libros Paisaje oblicuo (ensayo, 2006), Viaggio in Italia. 8 poetas italianos contemporáneos (Crítica y traducción, 2008) y El poder de la letra. Literatura y domesticación en la Argentina (ensayo, 2011). Ha estado a cargo de las ediciones en castellano de La Divina Mimesis, de Pier Paolo Pasolini (2011) y del epistolario del mismo autor (2005

domingo, 15 de mayo de 2011

Castellani: elogio de Italia

Italia, tierra ceñida
Del mar y alzada en fervor
El italiano es pastor
Y entiende la arquitetura-
Un tano no siendo cura
Es músico o costrutor.


Castellani, La muerte de Martín Fierro, Buenos Aires, Cintra, 1953, p. 32.