lunes, 20 de agosto de 2007

Paul Claudel: Fragmento de la Oda jubilar



para el sexto centenario de la muerte de Dante, escrita en Copenaghe en enero de 1921.


[Beatriz describe poéticamente Italia al poeta]




¡Mira este país que, de muchos, tú has transformado en una sola cosa que mira al sol!

¡Escucha este latín nuevo que me trajiste desde el Paraíso!

¡Mira esta columna italiana como a un cuerpo, esta tierra larga y apretada por el sol!

¡Yo nombro esta Llave real, este estilo que atraviesa el Corazón; yo nombro este instrumento de Tres Mundos entre el África y el Asia!

¡Observa este país que se construyó a sí mismo, que se expresa en su tumulto espontáneo,

Este largo animal sobre el mar, sobre su montón de músculos articulados.

Es el sello que cierra el Infierno, que toca este sol trémulo e inestable.

Entiende esta arquitectura de fuego que han rematado los temblores de la tierra y los torrentes.

¡Un cuerno acaso, esta canasta de nieve y de trigo, jarrón de manzanas y de uvas que rebasan!

¡No existe regla alguna mejor para medir el cielo que esta milla de mármol ni hay un grito más puro!

¡No existe barra más derecha entre los dos horizontes ni hay otro promontorio hacia el azul!

Trad: D. B.

miércoles, 15 de agosto de 2007

El reposo de Schlemihl


Algunas fotos del descanso en las sierras: la casita, Victoria y Luigi tomando sol de la tarde, la leña cortada.













Giovanni Pascoli: "Piano e monte" (Myricae)

Il disco, grandissimo, pende

rossastro in un latte d`opale:

e intaglia le case ed accende

i lecci nel nero viale,



che fumano come foreste,

di polvere gialla e vermiglia:

s´annuvola in rosa e celeste

quel botro color di conchiglia.


Qua lampi di vetri, qua lente

cantate, qua grida confuse:

là placido il muto oriente

nell´ombra dei monti si chiuse.


Si vedono opache le vette,

è pace e silenzio tra i monti:

un breve squittir di civette,

un murmure lungo di fonti:

via via con fragore interrotto

si serra la casa tranquilla:

è chiusa: nel bianco salotto

la tacita lampada brilla.

Versión (prosaica):

El disco, grandísimo, flota rojizo en su leche de ópalo, y talla las casas y enciende los árboles en el negro sendero

que humean, como en un bosque, en polvo amarillo y bermejo; se nubla en rosa y celeste el remanso color de conchilla.

Aquí, relámpagos de vidrio; aquí, cantares lentos; aquí, gritos confusos; allí, pacífico, el mudo oriente se cerró en la sombra de los montes.

Se ven opacas las cumbres; hay paz y silencio en los montes; un breve chillar de lechuzas, un largo murmullo de fuentes:

despacio, con fragor cortado, descansa la casa tranquila. Se cierra. En la blanca sala brilla la lámpara silenciosa.

martes, 31 de julio de 2007

Murió (II)

Reproduzco aquí el hermoso texto que me mandó nuestro incondicional DDV sobre la muerte de Bergman.
Gracias, Diego!!!


Un papá así de grande

por Diego Di Vincenzo
Hoy se murió Ingmar Bergman.
La noticia me causó alguna conmoción, aunque no sabría decir muy bien por qué. Tal vez porque oí a Marcelo Bonelli comunicando la noticia y haciendo una semblanza del “grandioso director sueco”. O tal vez porque, durante un tiempo largo, solo acaricié una meta muy precisa: ver todo el cine de Bergman que podía. Cuando entré en la era e-mule pude conseguir algunas películas que los videos barriales que pueblan nuestros inviernos nunca comercializan, salvo una que otra que colocan (Blockbuster) en esas bateas curiosas que se titulan “Cine arte”.
Recuerdo que la primera noticia que tuve de él fue de una profesora de literatura del secundario. (En otra ocasión habrá que escribir sobre las lecciones inaugurales que tienen para nuestra vida futura algunos profesores.) Dijo, a propósito de un poema de Vicente Alexaindre, algo sobre El huevo de la serpiente. Para mis 16 años de lector empedernido y de postulante-a-chico-“intelectual”-futuro-estudiante-de-letras, ese nombre me resultaba inquietante. ¿Huevo de serpiente? ¿Cómo era eso? Unos años después, creo que a los 18, vi en la Lugones algunas películas de una retrospectiva de esas que nunca uno ve en forma completa. Era El séptimo sello. Fui sin tener la menor idea, salvo por el hecho de que, otra vez, había una alusión bíblica. Para mi cristianismo de entonces, ese director —sueco, además; es decir, nacido en ese país que recibió a una parte del exilio vernáculo y que tenía la triste fama de contar con la mayor tasa de suicidios por habitante— tenía algún empecinamiento con Dios, en particular (se decía) con su silencio. La muerte y el escudero, la partida de ajedrez, el juglar y la visión de la Virgen… un clima de ensueño que recubría, pensaba entonces, algunos valores simbólicos en los que tenía que ponerme a pensar. Entonces no había Internet, es decir, ese acceso rápido y sencillo que resuelve bastante efectivamente cavilaciones como esa. ¿A quién podía preguntarle? Le pregunté a mí tía Aída. Sobre esa película mucho no me dijo, en cambio, me recomendó otras, sobre todo una de la que habló con un empeño singular, al punto de que su aporía (ahora sé que fue una aporía) terminó en un lagrimeo. Se trataba de Luz de invierno, que pude ver muchos años después, un Viernes Santo. Seguía Dios. O seguía la duda de Dios. O la crisis de fe (estaba, por esos años, también leyendo a Vallejo), el rostro existencialmente angustioso de ese pastor que sigue amando desesperadamente a una esposa ya muerta, que es atosigado por una mujer que lo ama profundamente, y a la que él ni siquiera puede devolverle la mirada; ese pastor que nada puede hacer frente al socorro desesperado de un hombre que, sin embargo, se suicida. (No quiero extenderme, pero el Amor, en Bergman, es siempre un juego de locos, una empresa sin sentido. Recuerdo, por ejemplo, Sonata otoñal: la hija confiesa a su madre que vive con un hombre al que no ama.) Comenté Luz de invierno con un compañero de estudios, y me habló de la angustia en Kierkegaard. ¿Cómo era eso? Presuroso intenté conseguir algún libro del gran filósofo danés (otro escandinavo. Volví a pensar en Bergman y en los países escandinavos, no solo cuando leí a Kierkegaard, también cuando vi algunas cosas del Dogma o de L. V. Traer.) Por Bergman, sin dudarlo, conocí El concepto de la angustia.
Luz de invierno fue la primera película que me mostró un final abrupto, inesperado. Después, claro, los vimos en tantas otras La ciénaga, de Martel o en La niña santa. Final sin música. Tan incomprensiblemente abrupto (tan antiholliwoodiano) que por un momento pensé que la película no había finalizado, y que se habría cortado la cinta o que había ocurrido algo de ese estilo (técnico).
Después vinieron, Fanny y Alexander y la Fuente y la doncella. Un poco más tarde, El silencio. Ahora creo que pensé en esa película desde un lacanismo improductivo y estéril. El tiempo me hará volver a ella para quitarme ese abordaje sectario y programado que le ahorra al cine de Bergman lo más primigenio (sigo creyendo ahora) que tiene: uno, los otros, uno con los otros, uno con uno mismo, con Dios. Y basta. Mi Bergman se cifra en esas pocas variables. El resto es indescrifrable, y sin embargo (¿o por eso?), aterrador, al punto de estar tentado de agarrarse de la butaca a cada segundo.
No creo haber escuchado guiones más crueles que los de Bergman. Su crudeza, su desparpajo, su miseria, su impúdico rigor por arrojar a la arena de un agón interminable a todas y cada una de sus criaturas… me dejaron -y no exagero- sin aliento más de una vez. Bergman instala algo del orden del pudor. Genera el acto reflejo de cerrar los ojos para no ver, para no querer entender… O de mirar para otro lado, o de toser, o de distraerse haciendo algo mínimo: sacar un caramelo. Y, en ese sentido, no cambió de perspectiva, ni siquiera en su último film: Saraband tiene una crueldad abominable, y sin embargo, es la película más exacta, más humanamente exacta de todas.
Abominable y exacto. Y sobrio, de recursos y de planteo.
De Bergman se ha dicho mucho ya, y yo estoy diciendo otro tanto. Murió un papá así de grande. No solo están las películas de Allen con sus homenajes explícitos, o la ética protestante y el silencio de Dios, la búsqueda formal por registrar con la cámara el aniquilamiento del tiempo y el espacio (Houston, en su Joyce de The dead, que nosotros conocimos traducida como Desde ahora y para siempre) en el eterno presente del recuerdo (Fresas salvajes).
Pensé en Bergman durante todo el trayecto hacia el trabajo, en el día de hoy. Volví a pensar en él (me hicieron pensar en él): “Mi padre estará muy triste”, se dejó decir una compañera cuyo padre, en efecto, es teólogo, y para más datos, protestante. Hay un Salmo de David para cada película de Bergman, pensé yo. Sería un lindo ejercicio ponerse a rastrearlos.
Por la noche, tuve que visitar el departamento vacío (acaban de dejarlo los inquilinos) en el que hice mi primera experiencia (¿bergmaniana?) de vida, fuera de la casa paterna. Volver a los espacios que uno ha habitado (o lo que es igual: volver al tiempo que evocan algunos espacios) se parece siempre, al menos para nosotros, al recuerdo del Isaac, de Fresas salvajes, y a su encuentro con el amor adolescente (¿Sara se llamaba?). Salí pensando, como Bergman y Quevedo y Góngora y Shakespeare y Whitman, que hay un Bergman para cada ocasión, y un Quevedo, y un... O, en otras palabras, que ya no había dudas (pero ahora las hay menos) de que Bergman es un clásico de “nuestro” siglo, el que terminó hace unos (pocos) siete años, el siglo del cine y de la Revolución, el de las vanguardias históricas y el surrealismo, el de Truffaut y Hitchcock.
El de Pasolini.
El de las Guerras y el de la muerte de la Experiencia.
El de mis abuelos.
El siglo en que conocí a Bergman.
El siglo en cuyo filo conocí el Amor.
El que termina de morirse con él, nuestro breve siglo XX.

È morto




M. A.
(Ferrara 1912 - Roma 2007).

lunes, 30 de julio de 2007

Murió




I. B.
(Upsala 1918 - Isla de Faaro 2007)

lunes, 23 de julio de 2007

Arte, religión, comunidad



Fragmento final de La obra de arte del futuro, de Richard Wagner.

"(...)
La tragedia griega es un acto religioso, religión hermosa, humana, pero, también, aprisionamiento: el hombre se veía a sí mismo como a través de un mítico velo. En el mito griego aún no se había roto el vínculo con que el hombre estaba atado a (dentro de) la naturaleza. Mito y misterio: de aquí, el apego a la lírica, a las máscaras, bocinas, etcétera. Con el desarrollo de la ilustración, quiere decirse, al saltar por los aires el núcleo vinculador a la naturaleza, bajó también el drama religioso, y el hombre completamente desnudo, al descubierto, se convirtió en objeto de la plástica, de la escultura. Es cierto que este hombre desvinculado de toda religión descendió de su coturno, se despojó de la máscara encubridora, pero, al mismo tiempo, perdió su vinculación comunista con la universalidad de vinculación religiosa; el hombre se desarrolló, desnudo y libre de toda máscara, pero como egoísta, al igual que en el estado basado en el egoísmo del individuo; y fue a partir de este hombre egoísta, pero también sincero e ilustrado que se desarrolló el arte de la escultura; para éste, el hombre era la materia prima; para la obra artística del futuro lo serán los hombres. (Muy importante.)"

El texto completo, junto con una cantidad importante de textos de y sobre el muerto en Venecia, en el sitio de la Asociación Wagneriana de Barcelona (http://www.archivowagner.info/).

sábado, 21 de julio de 2007

"El don de la lectura oblicua", por Maximiliano Crespi

Leer y escribir. Ya lo dijo Barthes: querer nos quema, poder nos destruye y saber nos deja en una insufrible calma. Pero, ¿qué significa leer? ¿Qué nos hace, qué nos hacemos, qué nos es hecho en la lectura? ¿Qué es eso que nos mueve, insensatos, a poner en juego la propia serie de sentido frente a la alteridad para no volver ya uno mismo del mismo modo, idéntico a sí mismo? Leer: esa compleja operación de ascesis que nos deja en otra parte, de otro modo, trastocando el mundo en el trastocamiento de la percepción. Leer: esa estimulada actividad que cada tanto –muy cada tanto– nos obliga a levantar atónitos la cabeza y a preguntarnos qué está haciendo de nosotros ese “inocente” texto que leemos. Leer: he ahí una experiencia –más de una ocasión llamada irreductible–: la búsqueda de la búsqueda, la búsqueda “sin objeto”, acaso sólo imaginable en el deseo de diferencia. Escribir la lectura: obsequiar en don el protocolo de esa experiencia singular: un gesto de generosidad comprometida con la alteridad. Tal es el caso de los tres ensayos reunidos por Diego Bentivegna en Paisaje oblicuo (Buenos Aires, Sigamos enamoradas, 2006). Erigido sobre la singular serie desdoblamiento, discontinuidad, desvío, se trata de un libro propuesto menos desde una voluntad de confrontación o polémica que desde un deliberado deseo de diferencia: el deseo de diferir, de producir una diferencia, a partir de la una insistencia por plantear el descentramiento de los formatos hegemónicos u oficiales de lectura.

Fragmento de la reseña de Paisaje oblicuo publicada en el último número de la revista La posición.