Sobre El pozo y la pirámide - Diego Bentivegna
Verde único del lago Mascardi, próximo a Nahuel Huapi: verde fresco, con toques dorados, hecho de carne de ondinas sudamericanas, bellas y analfabetas.
Alfonsina Storni, “Carnet de ventanilla. De Buenos Aires a Bariloche”, 1937.
El pozo y la pirámide asume una estructura ternaria. Es un esquema al que vuelvo en mi escritura. No sabría explicar bien por qué. Tal vez porque la idea del tres nos lleva a caminos conocidos y en el que podemos experimentar cierta seguridad, con sus evidentes connotaciones religiosas (la trinidad) y filosóficas (la dialéctica, la semiótica), pero también con sus explícitas referencias al tríptico pictórico, a la fulguración de una imagen discontinua y, al mismo tiempo, articulada.
A menudo pienso que la poesía no se encuentra tanto en el registro de experiencias, sino en su restancia[1]: en aquello que queda de ellas y que sobrevive, de un modo u otro, en la escritura. La escritura poética, en este punto, no oficiaría como una representación. Su condición sería más bien la de un residuo. No importa tanto qué es lo que que hay antes de la poesía, sino lo que que la propia escritura dispara, lo que la poesía toca a partir de la experiencia y que se vuelve, por eso, ella misma, la única experiencia verdaderamente interesante.
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