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miércoles, 22 de abril de 2020

Extractos de la peste XXVIII: Jack London - El siglo chino


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Pero el primero de mayo del año 1976, si el lector se hubiera encontrado en la ciudad imperial de Pekín, poblada entonces de once millones de almas, hubiese asistido a un curioso espectáculo. Habría visto las calles llenas de población amarilla charlando animadamente, todas las melenas echadas hacia atrás, todos los ojos oblicuos mirando al cielo. Y, muy alto en el cielo, habría podido percibir un punto minúsculo cuyas evoluciones regulares le habrían hecho saber que se trataba de un avión. De aquel aeroplano que giraba en todos los sentidos por encima de la ciudad, llovían extraños proyectiles inofensivos, unos frágiles tubos de cristal que se rompían en mil pedazos en las calles y sobre los tejados. Nada de particular ocurría con aquellos tubos de cristal, nada ocurría, nada explotaba. A decir verdad tres chinos fueron muertos por aquellos tubos caídos desde tal altura, pero qué importancia tenía la muerte de tres chinos en un país donde cada año nacían veinte millones más de chinos de los que morían. Un tubo cayó directamente en el estanque de un jardín cuyo propietario lo retiró intacto. No se atrevió a abrirlo y, acompañado de sus amigos y rodeado de una multitud creciente, lo llevó al magistrado del distrito. Este era un hombre valiente. Rompió el misterioso tubo golpeándolo con el fogón de cobre de su pipa. No se produjo nada anormal. Uno o dos de los asistentes más próximos creyeron ver salir volando unos mosquitos. Eso fue todo. La muchedumbre estalló en risas y se dispersó.
No solamente la ciudad de Pekín, sino China entera estaba siendo bombardeada por tubos de cristal. Los pequeños aviones lanzados desde los barcos no llevaban más que dos hombres cada uno, y por todas partes por encima de las ciudades, pueblos y aldeas, hacían sus circunvalaciones, uno de los aviadores dirigiendo el aparato, el otro tirando los tubos por la borda.
Pero si el lector hubiese vuelto a Pekín semanas más tarde, habría buscado en vano sus once millones de habitantes. Habría encontrado un pequeño número de ellos, tal vez algunos cientos de miles en estado de descomposición dentro de las casas y en las calles desiertas o amontonados sobre los carros fúnebres abandonados. Para encontrar a los demás habría tenido que buscar en las grandes y pequeñas vías de comunicación. Y aún así no hubiese descubierto más que algunos grupos huyendo de las ciudad apestada de Pekín, ya que su huida estaba jalonada por innumerables cadáveres pudriéndose al lado de las carreteras. Y lo que pasaba en Pekín se reproducía en todas las ciudades, pueblos y aldeas del imperio. La plaga hacía estragos de punta a punta del país. No eran una o dos epidemias, eran una veintena. Todas las formas virulentas de enfermedades infecciosas se desencadenaron sobre el territorio. El gobierno chino comprendió tarde el fin de aquellos gigantescos preparativos, de aquella distribución de ejércitos mundiales, de aquellos vuelos de aviones y de aquella lluvia de tubos de cristal. Sus Proclamaciones cayeron en el vacío y no podían tan siquiera contener los once millones de miserables que huían de Pekín para diseminar el contagio por todo el país. Los médicos y oficiales de sanidad morían en sus puestos, y la muerte triunfante se adelantaba a los decretos de Li-Tang-Foung. A él también se le echó encima, ya que Li-Tang-Foung sucumbió en la segunda semana.
Si se hubiese tratado de una sola epidemia China quizás habría podido salvarse. Pero a una veintena de epidemias ninguna criatura podía escapar. El que esquivaba la viruela moría de la escarlatina; el que se creía protegido contra la «fiebre amarilla» sucumbía al cólera, y la muerte negra, la peste bubónica, barría a los supervivientes. Todos aquellos microbios, gérmenes, bacterias y bacilos, cultivados en los laboratorios de Occidente se habían abatido sobre China en aquella lluvia de tubos de cristal.
Desapareció toda organización. El gobierno se derrumbó. Decretos y proclamas eran inútiles ya que aquellos que acababan de redactarlos y firmarlos se esfumaban de la noche a la mañana. Y los millones de seres acosados por la muerte no se paraban en su loca carrera para tomar nota de nada. Huían de las ciudades para contaminar los campos, propagaban las enfermedades allá donde fueran. Estaban en pleno verano —Jacobus Laningdale había escogido juiciosamente el momento— y la muerte hacía estragos por todas partes. Muchos acontecimientos han sido reconstruidos según ciertas conjeturas, y muchos otros a partir de los relatos de los supervivientes. Las miserables criaturas se precipitaron por millones a través del Imperio. Los enormes ejércitos que China había reunido en sus fronteras se fundieron como la nieve al sol. Las granjas fueron saqueadas por la gente hambrienta, la tierra ya no recibió más semillas y los cereales, maduros ya, se pudrieron. Aquella huida universal constituyó quizás el rasgo más destacable de la catástrofe, Millones de seres se precipitaron hacia las fronteras para encontrarse allí detenidos y rechazados por los gigantescos ejércitos de Occidente. La masacre de aquellas hordas enloquecidas fue algo asombroso. En varias ocasiones las líneas defensivas tuvieron que retroceder treinta o cuarenta kilómetros para escapar del contagio de los cadáveres.
En una ocasión, la epidemia, atravesando las líneas enemigas, cayó sobre las tropas alemanas que vigilaban la frontera de Turkestán. Se habían tomado medidas en vista de un acontecimiento como aquél y si bien costó la vida de sesenta mil soldados europeos, el cuerpo internacional de médicos estableció un cordón sanitario y alejó el contagio. Fue en el transcurso de esta lucha cuando tuvo lugar entre los gérmenes mórbidos una especie de hibridez de la que resultó un nuevo microbio de una virulencia inaudita. Intuido en un principio por el Dr. Vomberg que fue infectado por dicho microbio y murió a consecuencia del mismo, debía ser más adelante aislado y observado por Stevens y Hazanfelt.
Así fue la invasión sin paralelo a China. Ya no había esperanza para aquellos millones de hombres encerrados en su inmensa fosa. Habiendo perdido toda cohesión y organización estaban destinados a morir sin evasión posible. Fueron rechazados de sus fronteras terrestres como de las marítimas. Setenta mil barcos patrullaban las costas. De día, el humo de sus chimeneas nublaba el horizonte, y de noche los proyectores surcaban la oscuridad para descubrir la menor embarcación. Las tentativas de las inmensas flotas de juncos fueron patéticas: ni una escapaba a la vigilancia de aquellos perros de mar.
Los mecanismos de la guerra moderna habían detenido a las masas desorganizadas de China, mientras que las epidemias realizaban su obra. La guerra a la antigua usanza se convirtió en objeto de burla, buena solamente para patrullar. China se había reído de la guerra y la había soportado. Pero esa era la guerra ultramoderna, la guerra del siglo veinte, la guerra de los sabios y de los laboratorios, la guerra de Jacobus Laningdale.
Los cañones de cien toneladas no eran más que juguetes comparados con los proyectiles micro-orgánicos lanzados por los laboratorios, por aquellos mensajeros de la muerte, aquellos ángeles despiadados que arrasaban un imperio de mil millones de almas.

(...)
Jack London: The Adventurer-Writer who Chronicled Asian Wars ...


Texto completo en castellano: http://axxon.com.ar/rev/157/c-157cuento15.htm

Extracto de Jack London, "La invasión sin paralelo", publicado por primer vez en 1910 bajo el título "The unparalleled invasión" en la revista McClure's

Extractos de la peste XVII - Jack London

      Una vez más, los muchachos recorrieron con la mirada los dientes, las piedras, los granos de arena y los dedos de Edwin.
     -El mundo entero estaba atestado de seres humanos. El gran censo del año 2010 había dado por resultado ocho mil millones como población total del universo. Ocho mil millones, o sea, ocho caparazones de cangrejo... Aquellos tiempos no se parecían demasiado a éstos en que vivimos. La humanidad tenía una habilidad sorprendente para procurarse alimentos. Y cuanto más comida necesitaba, tanto más crecía en número. Así, pues, vivían en la tierra ocho mil millones de hombres cuando empezaron los estragos de la peste escarlata. Yo era  entonces un hombre joven. Tenía veintisiete años. Vivía en Berkeley, que está en la bahía de San Francisco, en el lado que queda frente a la ciudad. ¿Recuerdas, Edwin, esas grandes casas de piedra que nos encontramos un día en esa dirección... hacia allí? Yo vivía allí, en una de esas casas de piedra. Era profesor de literatura inglesa.
    Buena parte de ese discurso desbordaba el entendimiento de los jovencitos. Pero se esforzaban por comprender cuanto podían, aunque difusamente, de este relato del pasado.
     -¿Qué hacías en esas casas? -preguntó Cara de Liebre.
     -Tu padre, lo recordarás, te enseñó a nadar... Cara de Liebre hizo signo afirmativo.
    -¡Pues bien! En la Universidad de California (así se llamaban esas casas) se enseñaba a los jóvenes y a las jóvenes toda clase de cosas. Se les enseñaba a pensar y a instruirse la mente. Del mismo modo que yo acabo de enseñaros, por medio de la arena, las piedras, los dientes y las conchas, a calcular cuántos habitantes tenía entonces la tierra. Había mucho que enseñar. A los jóvenes se les llamaba entonces «estudiantes». Había grandes salas, y en ellas yo y los demás profesores les dábamos lecciones. Yo hablaba a cuarenta o cincuenta oyentes al mismo tiempo, igual que hoy os hablo a los tres a la vez. Les hablaba de los libros que habían escrito los hombres que habían vivido antes que ellos, y a veces también de los libros escritos en aquella misma época.
    -¿Y eso era todo lo que hacías? -preguntó Hu-Hu-. ¿Hablar, hablar y hablar, y nada más? ¿Quién cazaba para tener carne? ¿Quién ordeñaba las cabras? ¿Quién pescaba peces?
     -¡Muy bien, Hu-Hu! Me haces una pregunta muy juiciosa. Pues bien, los alimentos, tal como ya te he dicho, eran pese a todo muy abundantes. Porque éramos hombres muy sabios. Algunos se ocupaban especialmente de estos alimentos, y, mientras, los demás se ocupaban de otras cosas. Yo hablaba, hablaba incesantemente. Y, a cambio de ello, me daban de comer. Comida abundante y refinada. ¡Oh, si! ¡Refinada! Desde hace sesenta años, no pruebo nada igual, y seguramente ya no probaré nada igual. A menudo he pensado que la obra más espléndida de nuestra vieja civilización era esa abundancia de alimentos, su variedad infinita y su increíble refinamiento. ¡Oh, hijos míos! ¡Sí! ¡La vida merecía entonces ser vivida! ¡Entonces, cuando teníamos tan buenas cosas para comer!     Los muchachos seguían escuchando atentamente, y todo lo que no comprendían lo atribuían al chocheo senil del viejo.
   -A los que producían el alimento los llamábamos, en teoría, hombres libres. Pero era falso: su libertad no era más que una palabra. La clase dirigente poseía la tierra y las máquinas. Era en beneficio suyo que trabajaban duramente los productores, y del fruto de su trabajo se les dejaba estrictamente lo necesario para que pudieran seguir trabajando y producir cada vez más.
    -Cuando yo voy a buscar alimentos en el bosque -declaró Cara de Liebre-, si alguien tratara de quitármelos y -hacerlos suyos, yo le mataría.
    El viejo rompió a reír. -Pero si la tierra, el bosque, las máquinas, todo, nos pertenecían, a nosotros, la clase dirigente, ¿cómo hubiera podido el trabajador negarse a producir para nosotros? Se hubiera muerto de hambre. Por eso prefería trabajar duramente, garantizarnos nuestra comida, hacernos los vestidos y proporcionarnos mil y un mejillones, Hu-Hu; mil delicias y magníficas satisfacciones. ¡Ja, ja, ja! Así. pues, en aquel tiempo yo era el profesor Smith, James Howard Smith. Mi curso tenía mucha asistencia; es decir, que muchos jóvenes gustaban de oírme hablar de los libros escritos por otros hombres. Era muy feliz. Mis alimentos eran excelentes. Tenía las manos suaves, porque no tenían que hacer ningún trabajo duro. Tenía el cuerpo limpio y bien cuidado, y mi ropa era todo-lo flexible y agradable que uno pueda imaginarse.
   Diciendo esto, el vejestorio dejó caer una mirada de asco a su asquerosa piel de cabra.
   -No era así nuestra ropa. Incluso nuestros trabajadores esclavos la llevaban mejor. Y nuestro aseo corporal era extremo. Nos lavábamos la cara y las manos varias veces al día. ¿Qué decís de esto? ¿Eh? ¿Vosotros que no os laváis nunca, salvo cuando os caéis al agua o cuando nadáis?
    -¡Tampoco tú te lavas nunca! -replicó Hu-Hu.
    -Lo sé, lo sé muy bien. Hoy soy un viejo repulsivo. Pero es que han cambiado los tiempos. Hoy nadie se lava. Ya no hay modo de hacerlo. Hace sesenta años que no veo ningún fragmento de jabón. ¿No sabéis lo que quiere decir jabón? No voy a perder tiempo explicándolo, porque lo que os estoy contando es la historia de la muerte escarlata...
   Sabéis lo que es una enfermedad. En otros tiempos se decía «infección». Se sabía que las enfermedades estaban causadas por gérmenes malignos. He dicho «germen». Recordad esta palabra. Un germen es una cosa pequeñísima. Más pequeña que las garrapatas que en primavera se pegan del pelo y de la carne de los perros cuando corren por el bosque. Sí, un germen es mucho más pequeño todavía, tan pequeño que no se puede ver. Hu-Hu se rió de buenísima gana.
   -Qué divertido eres, abuelo. Nos hablas de cosas que no se pueden ver. Pero, entonces, ¿cómo se sabe que existen? Esto no tiene sentido.
    -¡Bien, Hu-Hu! ¡Muy bien! Excelente pregunta la que me haces. Has de saber, pues, que, para ver esas cosas, y muchísimas más cosas, teníamos unos instrumentos llamados «microscopios». Microscopios, ¿oyes? Microscopios, y «ultramicroscopios». Gracias a estos instrumentos, a los que aplicábamos los ojos, los objetos se nos mostraban mayores de lo que son en  realidad. Y, de este modo, podíamos ver incluso aquellos cuya existencia ignorábamos hasta entonces. Los mejores microscopios agrandaban un germen cuarenta mil veces. Cuarenta mil; es decir, cuarenta valvas de mejillón, cada una de las cuales representa mil dedos... Luego, empleando un segundo instrumento que llamábamos cinematógrafo, sí, «ci-ne-ma-tó-gra-fo», estos gérmenes, agrandados ya cuarenta mil veces, se nos mostraban agrandados miles y miles de veces más. ¡Tomad un grano de arena, hijitos! Partidlo en diez trozos. Luego, tomad uno de los trozos y rompedlo a su vez en diez trozos. Luego, romped en otros diez uno de éstos; luego, uno de esos diez en diez. Seguid así todo el día, y quizá a la puesta del sol habréis alcanzado la pequeñez de uno de esos gérmenes. Los muchachos parecían incrédulos.
   Cara de Liebre emitía resoplidos burlones, y HuHu se reía con disimulo. Edwin los hizo callar, y el viejo continuó:
    -La garrapata de los bosques chupa la sangre de los perros. Pero el germen, gracias a su extrema pequeñez, penetra sigilosamente en la sangre del cuerpo y se multiplica infinitamente. En el cuerpo de un solo hombre había, en aquel tiempo, mil millones de gérmenes. Mil millones... ¡Un caparazón de cangrejo, ni más ni menos! A estos gérmenes los llamábamos microbios. «Microbios.» Muy bien. Y cuando un hombre tenía mil millones de ellos en la sangre, se decía que estaba «infectado»; que estaba enfermo, si así os gusta más. Había microbios de distintas especies. Esas especies eran innumerables, como los granos dé arena de esta playa. No las conocíamos todas. Sabíamos muy poco de ese mundo invisible. Conocíamos el bacillus anthracis, y también el micrococcus, el bacterium termo y el bacterium lactis. Es este último, dicho sea de paso, el que sigue haciendo cuajar la leche de cabra, permitiendo hacer queso. ¿Me sigues, Cara de Liebre? ¿Y qué diré de los esquizomicetos, cuya familia es inacabable? Y me dejo infinidad...
   Aquí, el viejo se perdió en una larga disertación acerca de los gérmenes y su naturaleza. Empleaba palabras tan largas y frases tan complicadas que los muchachitos, mirándose los unos a los otros con una mueca, volvieron sus miradas hacia el océano inmenso, dejando que el ex profesor Smith perorara a su aire.
The Scarlet Plague, by Jack London
Ilustración original de la primera edición (1912)


Jack London, Fragmento de La peste escarlata (1912),