martes, 29 de abril de 2008

Kafka: Trakl. Exceso de imaginación y guerra

"Franz Kafka me dijo que, para escapar de los horrores de la guerra, Trakl se había suicidado con veneno.
-Deserción de la muerte, observé.
-Poseía demasiada imaginación. Por eso no pudo soportar la guerra, nacida sobre todo de una espantosa falta de imaginación."

De Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka.

jueves, 3 de abril de 2008

Hay carta de Simone

Publicado en www.cartas.org.ar

Carta a un religioso
Simone Weil
Buenos Aires, editorial Sudamericana, 1954. Traducción de María Eugenia Valentié

Por Diego Bentivegna
La edición de la Carta a un religioso que Sudamericana de Buenos Aires lanzó en 1954 con traducción de María Eugenia Valentié es uno de los primeros textos de Simone Weil vertidos al castellano. La carta, publicada por primera vez por Albert Camus en 1951 en la revista L`Espoir , forma parte de la voluminosa producción tardía de Weil, una producción que se realiza fundamentalmente en formas más cercanas a lo que tradicionalmente se piensa como “escritura íntima” o como “escritura del yo” que a la escritura estrictamente académica. En efecto, el gran texto de Simone Weil son los Cahiers , es decir, las cientos de páginas que confluyen en los cuadernos publicados íntegramente en castellano por la editorial Trotta y que constituyen, en última instancia, la parte más sustancial de su “obra”.
En 1941, en Marsella, Simone Weil conoce al padre Jean-Marie Perrin, de la orden de los predicadores (dominicos). En esos días particularmente complicados por la derrota de Francia y la humillación, cuando en la zona de Marsella se concentraban grandes cantidades de refugiados que huían de los territorios ocupados por el ejército alemán, el encuentro con el sacerdote reaviva en Simone Weil, hija de padres judíos no practicantes y educada en un supino secularismo burgués, la posibilidad del bautismo según el rito sacramental de la Iglesia Católica.
Tres años antes del encuentro entre Weil y el padre dominico, la abadía benedictina de Solesmes, en la región del Loire, había sido el escenario de una experiencia determinante para los últimos años de la vida de la pensadora francesa. En la Pascua de 1938, la joven filósofa se aloja en la abadía como consecuencia de una cierta apertura hacia el cristianismo, y más concretamente hacia el culto católico, que había comenzado a despertarse durante un viaje a Portugal en 1934, primero, y, más tarde, durante su viaje a los lugares franciscanos de Asís. En el canto gregoriano de los monjes de Solesmes, Simone siente algo así como un llamado, como el acceso (que califica como “carnal”) a una verdad que por muchos años había atisbado pero que permanecía de alguna manera latente. Como en el caso de Paul Claudel, que cuarenta años antes, en la Navidad de 1886, había experimentado un momento similar de arrebato ante el coro de niños de la catedral de Notre-Dame de París, S. Weil fue por un momento tocada, y creyó . “Cristo mismo –escribe- descendió y me tomó”. Sin embargo, si en el caso de Claudel la experiencia mística del arrebato musical conduce a una poesía afirmativa (para ser claros, a la cumbre de la poesía católica francesa del siglo XX), en el caso de Weil esa experiencia conduce a una reflexión desgarrada entre un deseo de misticismo santo, por un lado, y una idea de religión institucionalizada y, en un punto, ajena a toda forma de misticismo y de santidad, por el otro. No se trata, para Weil, de pensar en términos de conversión a una Iglesia (“creo que para un hombre el cambio de religión es una cosa tan peligrosa como el cambio de idioma para un escritor”, leemos en esta carta), sino de hacerlo en términos de enfatización de un cristianismo capaz de olvidar su herencia guerrera (Israel) e imperial (Roma) y de abrirse a otras formas complejas y legítimas de lo sagrado.
El encuentro con el padre Perrin es, en la búsqueda de esta forma ecuménica de religiosidad, sustancial. Su incidencia en la dinámica de la producción escrita de Weil no es menor. En efecto, esa producción se ve potenciada sobre la base de la red de relaciones epistolares que se abren con el encuentro con el sacerdote. En principio, del encuentro con Perrin quedan una serie de cartas, reunidas en un volumen publicado sólo luego de la muerte de Weil. A esa correspondencia hay que sumar, además, la carta dirigida al también dominico Jean Couturier, con quien Weil establece contacto durante su exilio en Nueva York, traducida en volumen independiente por Sudamericana muchos años antes de que el pensamiento de la “virgen roja” se convirtiera en uno de los más transitados por teólogos, filósofos y teóricos políticos de las más variadas tendencias.
Quizá pocas veces como en la carta al sacerdote de la joven filósofa identificada hasta cierto punto con algunas facetas del socialismo libertario, la escritura de Weil se plantee como una escritura que no sólo explora las distintas dimensiones del objeto que aborda, sino que también instaura una distancia y establece una diferencia entre quien escribe y el destinatario epistolar, una zona de irreductiblidad agónica, que nunca llega a ser hostil, entre la permanencia de un pensamiento libertario y ciertas formas de religión institucionlizada que se ven como ajenas:
Desde hace años –escribe Weil al padre Couturier al comienzo de su carta- pienso en estas cosas con toda la intensidad de amor y atención de que dispongo. Esta intensidad es miserablemente débil a causa de mi imperfección, que es muy grande, pero me parece que va creciendo continuamente. A medida que crece los lazos que me unen a la fe católica se tornan cada vez más fuerte, cada más profundamente arraigado en el corazón y en la inteligencia. Pero al mismo tiempo los sentimientos que me alejan de la Inglesa ganan también en fuerza y claridad. Si estos pensamientos son verdaderamente incompatibles con el hecho de pertenecer a la Iglesia , hay pues muy poca esperanza de que yo pueda participar alguna vez de los sacramentos. Si es así, no veo cómo no concluir que mi vocación es ser cristiana fuera e la Iglesia.
La carta al padre Couturier manifiesta las expectativas y las dudas de alguien que, al acercarse a lo que el culto católico exhibe como un conjunto de verdades más o menos sólidas, percibe que es su propia constitución entra en crisis, se problematiza y exige ser redimensionada. Así, si en un comienzo la carta se inscribe en un claro registro epistolar, con su retórica de apelaciones al otro y de peticiones, el texto desemboca de manera casi abrupta en un tono más marcadamente autorreflexivo. En este punto, la idea de correspondencia se va desdibujando y se desemboca en una serie de disquisiciones que sustentan una de las obsesiones más potentes de la Weil “tardía”: la búsqueda de una religiosidad no identificada de manera absoluta con una tradición única y, menos aún, con un culto institucionalizado. De este modo, en el recorrido esquemático que Weil propone en esta carta, Cam, el hijo de Noé, es aquel que recibe de su padre la revelación de la verdad. Maldecido y obligado a abandonar el hogar y el círculo de protección de sus hermanos luego de ver la desnudez de Noé (esto es, luego de ser testigo de su intemperie), Cam es el que lleva, con su errancia, la “verdadera religión”, la “religión del amor”, a los pueblos que comparten la cuenca mediterránea.
Instalada en las antípodas del voluntarismo paganizante del nacionalsocialismo y de los pensadores que se sienten herederos de las invectivas nietzscheanas, Weil rescata una zona marginal de la historia religiosa de Occidente, una religiosidad de extranjeros, esclavos o mendigos, que se piensa como algo del orden de lo universal; una zona de lo sagrado capaz de percibir las zonas de verdad y de experiencia auténticamente sacra que emergen de las distintas tradiciones que Weil va recorriendo, desde, por supuesto, la tradición de los misterios helénicos, hasta las leyendas del hinduismo; desde el culto de los muertos del antiguo Egipto, hasta la religión mística de los cátaros, o puros, de la Provenza medieval.
En definitiva, la carta es una extensa exploración de un territorio religioso percibido como universal: un territorio capaz de atenuar el desarraigo del hombre contemporáneo.