martes, 26 de agosto de 2008

Agamben: Rilke y la palabra hímnica


Extraído de El reino y la gloria, el estudio sobre la genealogía teológica de la economía y el gobierno de Giorgio Agamben publicado en 2007:


"Que el fin último de la palabra sea la celebración es un tema recurrente en la tradición poética de Occidente. Y en ésta, la forma específica de la celebración es el himno. El término griego hymnos deriva de la aclamación ritual que se gritaba durante el matrimonio: himen (a menudo seguido por hymenaios). No se corresponde con una forma métrica definida. Pero, desde las más antiguas constataciones, en los así llamados himnos homéricos, se refiere sobre todo al canto en honor a los dioses. Tal es, en todo caso, su contenido en la himnología cristiana, que vive un imponente florecimiento al menos a partir del siglo IV, con Efrén, en Siria; Ambrosio, Ilario y Prudencio entre los latinos; Gregorio de Nacianzo y Sinesio, en la Iglesia Oriental. En este sentido, Isidoro fija su definición a través de una triple caracterización, la alabanza, el objeto de la alabanza (Dios) y el canto:




El himno es el canto de aquel que alaba, y que en griego significa “loa”, porque
es un carme de delicia y de alabanza. Pero, en un sentido, son estrictamente
himnos aquellos que contienen alabanzas a Dios. Si, por lo tanto, hay loa, pero
no a Dios, no es un himno; si hay loas a Dios, pero no es cantado, no es un
himno. Si en cambio es una loa de Dios y es cantado, sólo entonces es un himno
(Is., Or., 6, 19, 17).




A partir del fin de la Edad Media, la himnología sagrada entra en un proceso de irreversible decadencia. La Laude delle creature franciscana, aunque no pertenece estrictamente a la tradición de la himnodia, constituye su último gran ejemplo y, al mismo tiempo, sella su fin. La poesía moderna, aunque con clarísimas excepciones, sobre todo en la poesía alemana (y en la italiana, con los Himnos sacros de Manzoni) es más bien elegíaca antes que hímnica.
En la poesía del siglo XX un caso peculiar es el de Rilke. Éste, en efecto, travistió una intención inconfundiblemente hímnica en la forma de la elegía y del lamento. Es a esta contaminación, a este tentativo espurio de aferrar una forma poética muerta, a lo que se debe probablemente el aura de sacralidad casi litúrgica que circunda desde siempre a las Elegías de Duino. Su carácter himnológico en sentido técnico es evidente desde el primer verso, que convoca a las jerarquías angélicas (“Quien, si yo gritase , me oiría entre los órdenes / de los ángeles”), esto es, precisamente, a aquellos que deben compartir el himno con los hombres (“Nosotros cantamos la doxología para compartir la himnodia [kóinnoi tès hymnōdias… genōmetha] con las jerarquías angélicas”, escribe Cirilo de Jerusalén en su Cathechesi (Cyr, Cat. M., p. 154)). Los ángeles siguen siendo hasta el fin los interlocutores privilegiados del poeta, a los cuales se dirige ese canto de alabanza (“Alaba el ángel el mundo”, Rilke, 9. 53), que ellos cantan junto con él (“Que yo … júbilo y gloria cante a los ángeles concordes [zustimmenden Engeln] que adhieren al canto”, ibid, 10, 1-2). Y en los Sonetos a Orfeo, que Rilke consideraba “coexistenciales” a las Elegías y casi una suerte de exégesis esotérica de éstas, declara con claridad la vocación himnológica (es decir, celebrativa) de sus poemas. (“Rühmen, das ists”, “Celebrar, es esto”, 7, 1). Así, el octavo soneto brinda la clave de la titulación elegíaca de sus himnos: la lamentación (Klage) puede existir tan sólo en la esfera de la celebración (“Nur im raum der Rühmung darf die Klage / gehn…”, 8, 1-2), así como, en la décima elegía, el himno pasa con la misma intensidad a la esfera del lamento.
En un proyecto de introducción a una edición de las Elegías que no vio nunca la luz, Furio Jesi, que ha dedicado a la lectura de Rilke estudios ejemplares que dan vuelta la tendencia habitual de la crítica que entrevé en las Elegías un contenido doctrinal particularmente rico, se pregunta si tiene sentido, en este caso, hablar de un “contenido”. Sugiere poner entre paréntesis el contenido doctrinal de las Elegías (que es, por otro lado, una suerte de resumen de los lugares comunes de la poesía rilkeana), y leerla como una serie de ocasiones retóricas para mantener al poeta más acá del silencio. El poeta quiere hablar, pero aquello que debe hablar en él es lo incognoscible. Por eso




La eloquio que resuena no tiene ningún contenido: es pura voluntad de eloquio.
El contenido de la voz del secreto que resuena en última instancia no es más que
“el secreto habla”. Para que ello suceda, es necesario que las modalidades de
eloquio se decanten de todo contenido, y lo hagan de manera totalizante, como
para concluir en un punto toda la actividad desarrollada, todas las palabras
pronunciadas. De ahí la organización, en el contexto de las Elegías, de la
multitud de lugares comunes rilkeanos, incluso de los más viejos. Pero de ahí,
también, la necesidad de que exista un cierto lugar en el que hacer confluir los
contenidos de estos topoi, con el fin de que las Elegías puedan resonar en el
vacío… (Jesi, p. 118).




La definición de Jesi de las Elegías como poesía que no tiene nada que decir, como pura “aseveración el núcleo asemántico de la palabra” (ibid., p. 120) vale, en realidad, para el himno en general; esto es, define la intención propia de toda doxología. En el punto en que coincide perfectamente con la gloria, la alabanza no tiene contenido, culmina en el amén, que no dice nada sino que tan sólo consiente y concluye lo ya dicho. Y aquello que las Elegías lamentan y, al mismo tiempo, celebran (según el principio por el cual en la esfera de la celebración puede darse el lamento) es justamente la inmedicable ausencia de contenido del himno, el girar en el vacío de la lengua como forma de la glorificación. El himno es la radical desactivación del lenguaje significante, la palabra que se vuelve algo absolutamente inoperoso y que, sin embargo, se mantiene como tal en la forma de la liturgia.


Giorgio Agamben, Il regno e la gloria. Per una genealogía teologica dell´economia e del governo, Neri Pozza, 2007, pp. 258-260.
Trad: Diego Bentivegna

lunes, 25 de agosto de 2008

Hay carta D´Elia

¿Progresismo blanco o nacionalismo popular?
Estamos en el hall del Palacio San Martín, preludiando la llegada de los presidentes de Argentina y Brasil, y entre canapés y alguna copa de Felipe Ruttini, me encuentro con Martín Sabatella, cara a cara, y me descerraja una primera frase que me golpea y me llama a la reflexión: "Mirá, negro, yo creo que el progresismo blanco, permitido por el sistema, no sirve para un carajo…".
Me enrosco para adentro, transformándome en una especie de kung-fu de la política, y repitiéndome y repitiendo la frase, que todavía me retumbaba en los oídos, me digo a mí mismo… "pensar que fue el Frepaso y con posterioridad la Alianza la máxima expresión de ese progresismo permitido por el sistema".
Recuerdo que, en general, esos tipos eran honestos, sin grandes convicciones, la mayoría de ellos con educación universitaria.
Su estética, un tanto "escuálida", en general son flacos, blancos, siempre de corbata, y de fuerte pertenencia cultural de corte pequeñoburguesa.
Modestos administradores, enemigos de cualquier uso semántico que altere la sacrosanta moderación, muy lejos de los pobres, con buenos vínculos con los organismos de Derechos Humanos, lectores del Gabo, absolutamente eclécticos en economía.
Más que propensos a "flotar" en política, lo que constituye en realidad su verdadera actitud de fondo, frente a la extendida derrota cultural de las capas medias.

Continúa

sábado, 23 de agosto de 2008

Edgardo Cozarinsky: "Tema del infante y del mártir"

El 6 de febrero de 1945 el escritor francés Robert Brasillach, juzgado culpable de traición a la patria, fue fusilado en el fuerte de Montrouge, a las puertas de París. Tres días antes, el general De Gaulle, jefe del gobierno provisorio surgido de la Liberación, había recibido la visita de Jacques Isorni, abogado defensor de Brasillach, y lo había escuchado durante trece minutos sin decir una palabra. Cuando Isorni le quiso dejar una copia de la petición de gracia firmada por destacados escritores franceses, el General replicó que no era necesario; sólo preguntó si entre las firmas figuraba la de Abel Hermant. Isorni se indignó: Hermant, colaboracionista notorio, estaba preso. “La mayoría de los firmantes son adversarios de Brasillach”, informó antes de retirarse. La orden de ejecución, firmada por De Gaulle, está fechada ese mismo 3 de febrero en que Isorni terminó su visita a las 22.30. ¿Fue firmada en la hora y media siguiente? ¿Tenía De Gaulle ya tomada su decisión antes de la visita del abogado?
The Collaborator, libro reciente de Alice Kaplan —profesora en Duke University y autora de French Lessons, estudio sobre la relación entre la vida intelectual francesa y el fascismo—, suscita múltiples resonancias actuales, más allá de lo que anuncia su discreto subtítulo: “El proceso y la ejecución de Robert Brasillach”. El nombre de este autor, casi olvidado fuera de Francia, se ha convertido en objeto de manipulaciones múltiples en su país, tanto mas incómodas porque basadas sobre hechos incontrovertibles.Hasta 1939, Brasillach había sido un escritor “prometedor”, aunque el mérito literario de sus novelas ha sido exagerado después de su muerte. Su itinerario periodístico, de la derecha católica tradicional de L’Action Française hasta los grupos fascistas más rastreros de Je Suis Partout, puede explicar que, tras la derrota de 1940, haya estado entre los más entusiastas propagandistas de la colaboración. Ya en 1937 había asistido al congreso del partido nacio-nalsocialista en Nüremberg y había escrito un reportaje entusiasta sobre la nueva Alemania: “Cien horas con Hitler”. Su obra, sin embargo, no se agota en panfletos circunstanciales. Estudioso de los clásicos, Brasillach había publicado un libro sobre Virgilio; crítico literario, un estudio sobre Corneille; autor teatral, una adaptación de las minutas del proceso de Juana de Arco; también cinco novelas, un ensayo sobre el teatro contemporáneo y, en colaboración con Maurice Bardèche, una historia del cine reconocida como precursora y dos volúmenes sobre la Guerra Civil española.Entre septiembre de 1939 y mayo de 1940, Brasillach redactó este libro impar: Notre avant-guerre, que la editorial Plon publicó en 1941, cuando el autor aún era, como tantos soldados franceses derrotados en 1940, prisionero de guerra.

Edgardo Cozarinsky

Wl texto completo de Cozarinsky en letraslibres.

martes, 19 de agosto de 2008

Publicaciones: "Mirar la pampa: vacío, vidrios, pantallas"

Mirar la pampa: vacío, vidrios, pantallas
Diego Bentivegna

Cuadrados, fantasmas
“Quiromancia de la pampa,”, texto de Victoria Ocampo fechado en 1929, se instala en el lugar de cruce de envíos y de despachos. Por un lado, el escrito se plantea como una noticia de recepción bibliográfica, como un ejercicio bastante extraño de sociabilidad letrada que sólo tangencialmente adscribe a los cánones de “libros recibidos” de diarios y revistas. Es, al mismo tiempo, el registro de un envío mancato: se recoge en él, en efecto, un largo fragmento de una carta a un amigo francés, cuyo nombre Ocampo deja flotando en el anonimato, que nunca llega a ser enviada. Sólo ahora, en el cruce con otros textos recibidos y con las zonas del archivo que esos textos movilizan, esa carta puede llegar, como toda carta, a destino.Pero además de cartas, el texto de Ocampo juega con otra forma de circulación del sentido y con otros modos de configuración de las preguntas por el sentido: la quiromancia, la lectura en clave adivinatoria de las líneas de la mano. El viajero que recorre nuestra llanura es, para Ocampo, una especie de brujo, capaz quizá de acertar con sus comentarios, pero que suele, más bien, empantanarse en una serie más o menos inconexa de lugares comunes y de visiones trilladas. El punto de partida del texto de Ocampo es la recepción de Ecuador, de Henri Michaux, que la editorial Gallimard publica por entonces en París. El libro, que explora en prosa poética el viaje que el poeta belga lleva adelante por la América meridional, contienen algunas referencias al espacio argentino y, más específicamente, al espacio pampeano, en las que Victoria Ocampo se detiene, particularmente insatisfecha. En efecto, según cita Victoria en el artículo que publica en ocasión del libro del belga, para H. Michaux la pampa sería el espacio de lo que se repite de manera infinita, o, al menos, de manera indeterminada por lo que, concluye el viajero, se trata de un espacio que probablemente dejará indiferente al viajero, sobre todo si éste viene de espacios en los que impera la diversidad de colores y texturas de la superficie. Dice Michaux, traducido por Ocampo:
La Pampa, tierra de vacas, dice todo cuanto tiene que decir en un metro cuadrado, pero lo repite en los millares y millares de kilómetros que constituyen la mayor parte de la Argentina… La América es una tierra de la dimensión de la multiplicación, y como tal hay que conocerla; no ofrece lo pintoresco a cada vuelta de camino, pero si una vastedad infatigable. (1)
El ojo de Michaux es, para Ocampo, el ojo europeo que no puede dejar de identificar el vacío con la carencia y con el tedio. Es, de alguna manera, un ojo cebado, engolosinado por la variedad y por la profusión que hacen de un espacio geográfico determinado un paisaje. En esta línea interpretativa, la Ocampo, no sin malicia, pone en serie la prosa de Michaux con la de una “conocida cantante francesa” que, sin conocer la pampa, manifiesta poco interés en salir de Buenos Aires: “c´est un plaine, repetía. Luego agregó por cortesía: “Iré a verla”; y yo pensé, entre mí; “La miraras, pero no la verás””.
Texto completo en No-retornable

viernes, 15 de agosto de 2008

"Yo te di la leche"

"Mi madre murió poco después de mi nacimiento. Mi nodriza casi no tenía leche, y me daban a las mujeres del pueblo, madres frecas, para que mamara. Todavía hoy, cuando vuelvo a Tursi, encuentro viejitas que me recuerdan la deuda: "Don Albine, yo te di la leche..."".


Albino Pierro, poeta italiano en lengua lucana.

jueves, 14 de agosto de 2008

miércoles, 13 de agosto de 2008

Rilke

Reiten, reiten, reiten.

Cabalgar, cabalgar, cabalgar.

miércoles, 6 de agosto de 2008