II Hoy el cielo amaneció oscuro y el aire, con sonidos. Nos encontramos frente al templo; el rey está ahí, también lo sabe; día de revelación o de muerte. Somos todos los hombres de la ciudad y cantamos hasta desfallecer los himnos de música poderosa. Vemos al sumo sacerdote levantar su cuchillo sobre el sacrificio y matar con presteza. La sangre gotea en las gradas, mas antes de la invocación el rey se arranca entre voces las ricas vestidutas y se mesa los cabellos, postrado ante el tabernáculo.
III Unos dicen que la palabra del dios ordenó este éxodo; otros que el dios no contestó a la invocación y el rey, temeroso del desastre, lo ha decidido; otros que el éxodo es el desastre. Pero ahora caminamos lentamente hacia el nuevo valle con agua y pastos y una cantera cercana que dará la piedra para los edificios; ahora vamos al lado de las mujeres y los niños, dejando atrás la ciudad y los ancianos que prefirieron cortarse la garganta antes que abandonarla. Desde lo alto la miramos por última vez: solitaria y con tanto amor nuestro extendido en sus paredes.
Del libro El avaro (Lima, 1955).